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o
t o ñ o.
1 9 9 4. n º 2
¿Esto engorda?
Ramón Sánchez Ocaña
La batalla contra los kilos
está declarada. El bombardeo publicitario y las exigencias sociales
nos obligan a quienes tendemos a la obesidad a un sacrificio continuo
y permanente. Hasta el punto de que siempre estamos en gerundio. Nunca
estamos gordos o delgados, sino que estamos ejecutando la acción:
engordando o, llegado un límite, a régimen y, por tanto,
adelgazando. Y además con un convencimiento íntimo: Los
gordos no adelgazamos, hacemos sitio.
Con esta
confesión de parte, uno contempla la obsesión por la línea
con cierta distancia no exenta de ironía. Y asiste al espectáculo
permanente de la pregunta:
¿Y
esto engorda?
Uno, dedicado
a la divulgación sanitaria y a los temas de salud, se siente hasta
violento cuando le dicen:
- Y tú... mucho
hablar; pero una cosa es predicar y otra dar trigo...
Y no te dan tiempo
a explicar que tú nunca has dicho que no se pueda comer, ni que
hay que someterse a regímenes drásticos, ni nada de eso.
Que incluso sostienes que es peor para la salud la obsesión por
adelgazar que dos o tres kilos de más. Que la satisfacción
de vivir y por vivir es mucho más sana que la obsesión permanente
por los gramos, por el peso y por la línea...
De la misma
forma, cuan do alguien llega con su nuevo look tras una dieta de
adelgazamiento, todas las preguntas giran en torno a lo mismo:
-¿Y en qué consiste?
¿Cómo es? ¿Es duro? Por ejemplo, qué comes, qué cenas,
qué desayunas... Pues voy a hacerlo yo...
Se ha repetido
hasta la saciedad -y parece que no es bastante- que una dieta es un tratamiento
médico y que, por tanto, debe prescribirse para una persona concreta
y para los problemas determinados que esa persona tiene. Hay un agravante
más: el que pregunta sabe siempre cómo adelgazar, pero sueña
íntimamente con esa dieta que, sin esfuerzo, ¡e haga perder no
sólo los kilos que quiere, sino también de donde quiere...
En definitiva, quiere milagros que no existen salvo en las ofertas publicitarias.
Lo decía muy bien, como es habitual, mi admirado paisano Grande
Covián: "Si hubiera una dieta efectiva que hiciera adelgazar
sin esfuerzo, no saldría una nueva cada año..."
Últimamente
se han puesto de moda unas pastillas mal llamadas homeopáticas
(son compuestos químicos en toda regla, en cantidad muy superior
a lo que serían ¡as di luciones homeopáticas) que ofrecen
un adelgazamiento rápido, sin mucho esfuerzo, pero que tienen problemas
muy serios. Son esas que hay que tomar a las doce y a las seis de la tarde.
No hace mucho tiempo el propio
Ministerio de Sanidad, tras retirar del mercado el tratamiento antiobesidad
que lleva el nombre de un doctor de Córdoba, difundía una
crítica amplia a esas fórmulas magistrales que conviene
saber.
Lo primero
que argumentan sus defensores es que son productos absolutamente naturales,
como si el adjetivo fuera equivalente al de inocuos. Y no. Un producto
natural puede resultar tan venenoso como la amanita phallopides, la
seta que mata en nuestro campo. También es natural el veneno de
una serpiente... y son naturales cientos de Plantas tóxicas. Equiparar
natural a bueno es una falacia.
Los
compuestos
Eso sí,
con idea de dar al consumidor una garantía, las cápsulas
vienen con una enumeración detallada de compuestos y cantidades.
Por ejemplo, tienen extractos de órganos como hipotálamo,
hipófisis y páncreas. Suelen decirlo en latín o en
francés. Pues bien, esos ex-
tractos -hipófisis
e hipotálamo- no han demostrado que sirvan para nada. Y lo que
es más importante: se inactivan al ingerirlos. Sólo podrían
hacer algo, si es que lo hacen, si se administran por la nariz o en inyección.
En cuanto al de páncreas -de origen bovino o porcino- tiene que
estar en cantidad suficiente para ayudar a la digestión de grasas.
El polvo de tiroides es el que más problemas puede causar. Acelera,
excita, fuerza el corazón y ayuda a adelgazar. Pero claro, cuando
los sensores hormonales de nuestro organismo constatan que tenemos suficiente
hormona tiroidea (que nos viene de fuera), entonces ordenan a su glándula
que no produzca, porque hay bastante. Consecuencia: se hace perezosa.
¿Qué ocurre? Pues que cuando se deja el tratamiento tiene que pasar
un tiempo para que la glándula vuelva a producir hormona, tiempo
suficiente como para que volvamos a engordar (seguir mucho tiempo con
las pastillas puede alterar la función cardíaca).
Por si fuera
poco, suelen tener un componente para disminuir el apetito que resulta
un pariente cercano de las anfetaminas. Un excitante más. Todo
ello se combate añadiendo a la fórmula una sustancia para
disminuir la ansiedad, con lo que no es difícil de imaginar el
explosivo cóctel a que sometemos nuestro cuerpo.
Como últimos
componentes están un diurético y un laxante.
Es evidente
que todo ello supone un artificio medicamentoso con efectos secundarios
serios y demostrados. Eso sí, casi todos son productos "naturales".
Y aunque parezca absurdo, tiene más fuerza la presión social
de vernos delgaditos, que la presión racional de vernos sanos.
Habría
que sustituir un poco el diálogo:
¿Y esto engorda?
-Un poquito.
Pero aporta una pequeña satisfacción para vivir feliz. Que
es más sano.
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