"Los toros
se pegan para mandar, como la gente"

 

 

p r i m a v e r a . 1 9 9 5. n º 3
Eduardo Miura. Leyenda viva

Andrés Amorós

Es el gran patriarca de una estirpe de ganaderos diferente, única. Un apellido que, 146 años después de su debú en Las Ventas, sigue imponiendo el mismo respeto que antaño. En su finca sevillana, rodeado de recuerdos, don Eduardo Miura pasa revista a una historia que es bien suya.

Menos de una hora hemos tardado en llegar, desde Sevilla. Pasado el puente de lora del Río, una puerta muy simple da entrada a la finca “Zahariche”. Sobre el poste superior, unas letras de madera con el apellido que es ya un mito: Miura.

No hace falta ser un gran conocedor del mundo taurino para saber lo que esto significa. Hasta el diccionario de la Real Academia lo incluye: “Toro de la ganadería de Miura, famosa por la bravura e intención atribuida a sus reses”. Y añade otra acep­ción: en sentido figurado llamamos miu­reño a la persona aviesa, de malas in­tenciones”.

Febrerillo el loco ha traído, este año, una primavera anticipadísima, casi un veranillo prematuro. Brilla el sol, el cielo es azul y limpísimo, la tierra está cuajada de matas de gamón. Hasta el urbanícola que uno es, siente que este campo sevillano es un pequeño paraíso.

A la entrada de la casa, una pequeña construcción, como una casa de muñe­cas de albañilería, con este rotulo: “Villa Moñitos”. Al lado, un encerradero, también en miniatura. Ahí han jugado y juegan todavía los niños de la familia, en­cerrando quizá a una cabrita o a algún otro animal domestico.

En una terraza nos espera Don Eduardo el actual patriarca: un hombre alto, enjuto, de bigote ya encanecido y gafas oscuras. Con su cortesía exquisita, siempre lo he visto semejante a una figura del Greco, un tipo humano de los que ya no son frecuentes: un caballero “como los de antes”.

Ha tenido algún achuchón de salud Don Eduardo: Por eso está sentado en esta terraza, de cara a un amplío panorama de campo. HabIa en voz baja, con mucho sosiego y educación. Con la mano me señala unas manchas negras, a lo lejos: los toros. Desde aquí, se les ve, se les oye, se les siente... Recuerdo yo la letra de una soleá:

Ya no me importan los miuras
sí tropiezo en el paseo
con tus miradas oscuras.

Junto a Don Eduardo están sus hijos: otro Eduardo Miura, más bajo y fornido, tostado por el sol del campo, y Antonio, gran jinete y heredero de la tradición garrochista de la familia. He echado yo de menos, a la entrada de la finca, las dos calaveras de cabestros que parecían traer ecos del Oeste americano: las han robado, hace unos meses.