Es
el gran patriarca de una estirpe de ganaderos diferente, única.
Un apellido que, 146 años después de su debú en
Las Ventas, sigue imponiendo el mismo respeto que antaño. En
su finca sevillana, rodeado de recuerdos, don Eduardo Miura pasa revista
a una historia que es bien suya.
Menos
de una hora hemos tardado en llegar, desde Sevilla. Pasado el puente
de lora del Río, una puerta muy simple da entrada a la finca “Zahariche”.
Sobre el poste superior, unas letras de madera con el apellido que es
ya un mito: Miura.
No
hace falta ser un gran conocedor del mundo taurino para saber lo que
esto significa. Hasta el diccionario de la Real Academia lo incluye:
“Toro de la ganadería de Miura, famosa por la bravura e intención atribuida
a sus reses”. Y añade otra acepción: en sentido figurado llamamos miureño
a la persona aviesa, de malas intenciones”.
Febrerillo
el loco ha traído, este año, una primavera anticipadísima, casi un veranillo
prematuro. Brilla el sol, el cielo es azul y limpísimo, la tierra está
cuajada de matas de gamón. Hasta el urbanícola que uno es, siente que
este campo sevillano es un pequeño paraíso.
A la
entrada de la casa, una pequeña construcción, como una casa de muñecas
de albañilería, con este rotulo: “Villa Moñitos”. Al lado, un encerradero,
también en miniatura. Ahí han jugado y juegan todavía
los niños de la familia, encerrando quizá a una cabrita o a algún
otro animal domestico.
En una terraza nos espera Don Eduardo el actual patriarca: un hombre alto,
enjuto, de bigote ya encanecido y gafas oscuras. Con su cortesía exquisita,
siempre lo he visto semejante a una figura del Greco, un tipo humano
de los que ya no son frecuentes: un caballero “como los de antes”.
Ha tenido algún achuchón
de salud Don Eduardo: Por eso está sentado en esta terraza, de cara
a un amplío panorama de campo. HabIa en voz baja, con mucho sosiego
y educación. Con la mano me señala unas manchas negras, a lo lejos:
los
toros. Desde aquí, se les ve, se les oye, se les siente... Recuerdo
yo la letra de una soleá:
Ya no me importan los miuras
sí tropiezo en el paseo
con tus miradas oscuras.
Junto
a Don Eduardo están sus hijos: otro Eduardo Miura, más bajo y fornido,
tostado por el sol del campo, y Antonio, gran jinete y heredero de la
tradición garrochista de la familia. He echado yo de menos, a la entrada
de la finca, las dos calaveras de cabestros que parecían traer ecos
del Oeste americano: las han robado, hace unos meses.