"La corrida de Sevilla
ha de ser más bonita;
la de Madrid,
con más cara"

 

 

 

primavera.1995.nº3 Eduardo Miura. Leyenda viva.2

Algunos rateros son tan valientes -o inconscientes- que entran en la finca para coger espárragos silvestres. Han llegado -me dicen- a trillar garbanzos, al lado de los toros. Una vez, en los años cuarenta, cuando la hambruna, llegaron hasta la casa y, por una ventana, levantando las cañas, se llevaron una matanza entera... Por supuesto, más cornás da el hambre. El sonido de los toros -me parece- es uno de los más impresionantes que existen, aunque llegue amortiguado por la distancia: el pitido, el berreo, los “tremendos bramidos que estremecen” (así decía Daza en el siglo XVIII), el reburdeo...

Los toros de Miura -les digo- tienen fama de pegarse mucho. Me lo confirman: muchos se desgracian, con estas riñas, en el campo. El año pasado, cuatro murieron, en el cerrado.

-¿Por qué se pegan?, pregunto.

-Para mandar. Como la gente.

La respuesta tiene la solemnidad sen­tenciosa de los campesinos andaluces. Es verdad -reflexiona uno-: si no fuera por la comida, por la hembra, por el poder...

-Siempre hay algún “guapo” al que quieren cogerle el sitio. Cuando van al pienso, tienen mucho cuidado con el que viene detrás, que les puede jugar una mala pasada. Se forman amistades y compañerismos, se encelan unos con otros.

Una de las peleas mayores tuvo lugar después de la guerra:

-Quedaban en el campo toros de diferentes camadas: vivían en grandes espacios, muchos no se conocían. Al hacer el apartado para sacarlos al matadero, se desencadené la pelea: fue una cosa tremenda...

Debió de ser hermosa -y terrible- aquella batalla épica, enzarzados los anima­les, como en un goyesco “Disparate de toritos”.

La responsabilidad del ganadero concluye en el campo, una vez que se embarca la corrida. Pero estos toros también se han hecho famosos por pelearse en los corrales de las Plazas. Todavía se recuerda la historia del miura que, una vez desencajonado, no hubo forma humana de volverlo a los corrales. Al final, los toreros tuvieron que hacer el paseíllo por el callejón, mientras el toro los esperaba, arrogante, en el centro del ruedo.

Recuerda Don Eduardo otra anécdota que sucedió en Granada, hace muchas décadas:

- Al llegar a la Plaza el muchacho que iba con los toros, que se llamaba Tenorio, pre­guntó si había bueyes. Los empresarios eran poco expertos y no los habían preparado, desembarcan al primer toro y no pasa nada. Apenas desembarcan al segundo, ve a su hermano y...¡pum patas arriba! Y así sucede también con el tercero, con el cuarto, con el quinto...De toda la corrida, solamente se pudo lidiar un toro.