Algunos rateros son tan valientes -o inconscientes-
que entran en la finca para coger espárragos silvestres. Han llegado
-me dicen- a trillar garbanzos, al lado de los toros. Una vez, en
los años cuarenta, cuando la hambruna, llegaron hasta la casa y, por
una ventana, levantando las cañas, se llevaron una matanza entera...
Por supuesto, más cornás da el hambre. El sonido de los toros -me parece- es uno
de los más impresionantes que existen, aunque llegue amortiguado por
la distancia: el pitido,
el berreo, los “tremendos bramidos que estremecen” (así decía Daza
en el siglo XVIII), el reburdeo...
Los
toros de Miura -les digo- tienen fama de pegarse mucho. Me lo confirman:
muchos
se desgracian, con estas riñas, en el campo. El año pasado, cuatro
murieron, en el cerrado.
-¿Por
qué se pegan?, pregunto.
-Para mandar. Como la gente.
La respuesta
tiene la solemnidad sentenciosa de los campesinos andaluces. Es verdad
-reflexiona uno-: si no fuera por la comida, por la hembra, por el
poder...
-Siempre hay algún “guapo” al que quieren cogerle el
sitio. Cuando van al pienso, tienen mucho cuidado con el que viene
detrás, que les puede jugar una mala pasada. Se forman amistades y
compañerismos, se encelan unos con otros.
Una
de las peleas mayores tuvo lugar después de la guerra:
-Quedaban en el campo toros de diferentes camadas: vivían
en grandes espacios, muchos no se conocían. Al hacer el apartado para
sacarlos al matadero, se desencadené la pelea: fue una cosa tremenda...
Debió
de ser hermosa -y terrible- aquella batalla épica, enzarzados los
animales, como en un goyesco “Disparate de toritos”.
La responsabilidad
del ganadero concluye en el campo, una vez que se embarca la corrida.
Pero estos toros también se han hecho famosos por pelearse en los
corrales de las Plazas. Todavía se recuerda la historia del miura
que, una vez desencajonado, no hubo forma humana de volverlo a los
corrales. Al final, los toreros tuvieron que hacer el paseíllo por
el callejón, mientras el toro los esperaba, arrogante, en el centro
del ruedo.
Recuerda
Don Eduardo otra anécdota que sucedió en Granada, hace muchas décadas:
- Al llegar a la Plaza el muchacho que iba con
los toros, que se llamaba Tenorio, preguntó si había bueyes. Los
empresarios eran poco expertos y no los habían preparado, desembarcan
al primer toro y no pasa nada. Apenas desembarcan al segundo, ve a
su hermano y...¡pum patas arriba! Y así sucede también con el tercero,
con el cuarto, con el quinto...De toda la corrida, solamente se pudo
lidiar un toro.