Uno.
El prestigio verdadero, en el cine, era para el champán,
el martini y los cócteles. Me refiero a ese tipo de prestigio
brillante que tienen el charol, la seda del sombrero de copa de Astaire,
los suelos que Van Nest Polglase creaba para él, la sonrisa de
William Powell, los Ojos de Mirna Loy, el rubio platino de Marylin o
la resplandeciente funny face de Audrey Hepburn. Empedernidos
Bebedores de martinis, cócteles o champán en algunas de
sus más famosas interpretaciones, desde la casi permanente residencia
de Powell y Loy en las barras más elegantes de Manhattan cuando
interpretaban a Nick y Nora Juries (más el perro Asta), el matrimonio
de detectives portagonista de la serie El hombre delgado, hasta
las siempre sedientas de champán y hambrientas de diamantes Monroe
-Lorelei de Los caballeros las prefieren rubias y 1Hepburn-Holly
de Desayuno con diamantes. El güisqui tenía otro
tipo de prestigio, oscuro, bogartiano, ligado a la aventura del western
o del cine negro, a la transgresión: por eso se bebía
con las prisas con la que se cometían los pecados, mientras que
las otras copas paladeaban.
La cerveza no tenía
prestigio: era una bebida popular que tomaba todo el mundo, y no respondía
a los arquetipos de lujo o peligro con los que el cine debía
seducir a su audiencia saciada de realidad gris, hambrienta de sueños,
deseosa de fugas. Hay que comprender que estamos hablando no del cine
en general, sino del norteamericano: y no de todo él, sino de
la edad de oro de los estudios. El universo propuesto por los géneros
que ordenaban temática e iconográficamente las películas
debía referirse a lo que estaba más atrás (histórico
y western) o más adelante (ciencia-ficción); más
arriba (comedia musical, alta comedia) o más abajo (cine negro;
a lo que era más fuerte (melodrama), más horrendo (terror),
más grotesco (cómico) o más emocionante (aventura).
A cualquier cosa, menos a la realidad cotidiana de las clases medias
que constituían el público mayoritario del espectáculo
cinematográfico. Nadie pagaba una entrada para sentarse frente
a una pantalla-espejo. Desde la otra orilla del Atlántico, lo
dijo Bazin en los cincuenta: " El cine es la forma de nuestros deseos".
Las tentaciones " realistas" eran frenadas o por los censores o por
el público.
Así que se compraba
una entrada para viajar al pasado o al futuro, a lo más bello
o a lo más horrendo, para reír o para llorar, para asombrarse
o sobrecogerse. Para ver el deseo. Y el deseo, para esos espectadores,
estaba siempre a años luz de su realidad inmediata: el universo
de sedas, aventuras, amores, inmensas desgracias y desmesuradas felicidades,
que se regaban con ríos de martinis, cócteles y champán.
Un punto de razón sabiduría había en ello: żno
es alimento del deseo su carácter inalcanzable? La industria,
regida por genios de la comunicación masiva a los que obedecían
genios de la puesta en escena, sabía muy bien que debía
vender algo que por inalcanzable fuera inagotable: el deseo de ver,
de ser, de poseer, de vivir, de sufrir, de amar. Incluso pasada la edad
de oro de los estudios, en plena fiebre realista, esta le regirá
en los géneros populares que contengan mayores dosis de ensoñación:
żes imaginable 007 sin su copa de Dom Berignon a la temperatura exacta
o sin su martini meticulosamente preparado aún en las condiciones
más extremas, como cuando Pussv Gallore lo lleva prisionero en
el avión privado de Goldfinger?
La
cerveza, en cambio, pertenecía a lo cotidiano, estaba al alcance
de todos. Era simpática, accesible? y eso le perjudicaba. Por
entendernos en términos cinematográficos, era fordiana.
No debe ser casual el papel que desempeña en la obra de este
realizador, que leha dedicado una de sus más memorables apariciones
en La taberna del
irlandés. La cerveza no pudo reinar de verdad en el cine
hasta que se derrumbaron los estudios, la televisión mostró
lo que está más bien aquí -detrás, ni delante,
ni más arriba, ni más abajo-, en la realidad, representado
con cierta naturalidad. Escribo todo esto por deferencia para con Gambrinus,
que anda metido en aventuras publicitarias
de cine, y hacia esta revista que me ha invitado, tan amablemente, a
escribir en sus páginas. Para que el primero no se deprima por
la falta de glamur de la bebida que representa y para que quienes rigen
la segunda no me tengan por un desconsiderado. hay que en tender que
enfrentar un cóctel Manhattan en blanco y negro a una jarra de
cerveza en color y dolby-estéreo es una empresa imposible (sobre
todo para un historiador del cine con un inconfesable pasado de cinéphile)
Sería como enfrentar a Larole lombard y a
nuestra señora esposa: es sabido -desde Anita Loos- aunque nos
casemos con las morenas, preferimos las rubias. Por eso, en vez de escribir
de la cerveza "en" la pantalla, voy a hacerlo de su presencia "tras"
(o, en este caso, para ser más exactos, "ante") ella.