o t o ñ o - i n v i e r n o . 1 9 9 5 . n º 4
La cerveza, una y trina

Joaquín Merino

El término «cerveza», tan sencillo, sugiere sin embargo tal cúmulo de vivencias, sensaciones y conocimientos que se precisarían de entrada unos cien folios para abordar el tema, para desahogarse un poco.

Por otra parte, casi todo debe haber sido escrito ya, particularmente desde el punto de vista de la elaboración y la evolución de las tecnologías. Yo confieso que las tecnologías me dejan frío, en éste y otros con textos, porque lo que en realidad me interesa de la cerveza, del vino, de la fabada asturiana y los bocaditos de Lyon es el placer que me deparan, la ancestral cultura humanística con la que van moldeando positivamente mi existencia. Aparte de que no tengo cien folios a mi disposición, creo que en este terreno sí que tengo algo que decir. Y gran parte de lo que diga resultará inédito, porque se basa en mis recuerdos personales o en el "poso" de mi modesta erudición. Me han pedido tres folios, tres. Toquemos tres puntos, tres, que espero me quepan: mis primeras rememoranzas de la cerveza, el gozo salvaje que ésta depara en la extinción de ese incendio que puede ser la sed y, si queda sitio, un pequeño colofón sobre la historia de la cerveza, porque la historia de la cerveza es hermosa y legendaria: ensambla con los orígenes de la Humanidad y con todas las mitologías.

Es curioso: hoy todo el mundo advierte y recrimina a los «teens» y a toda la sociedad constituida padres y educadores, ministra de Sanidad, director general de Tráfico, señor Alcalde de Madrid, Comunidades acerca del consumo de alcohol. Ni los "teens" ni la sociedad constituida hacen caso alguno y, sobre todo los primeros, los niños-adolescentes, padecen los efectos de esta desobediencia civil. Claro está que ellos añaden el éxtasis y el «speed», los barbitúricos y los inhalantes, la heroína, el «crack», la cocaína, las «anfetas», la metadona, los alucinógenos en general, el hachís... para matarse mejor, y a fe que lo consiguen: todos los fines de semana nos aportan una tristísima, patética, terrorífica cosecha de jóvenes muertos. Y es curioso, digo, porque en mis años «teen» nadie me previno contra el alcohol. Aún antes, en plena niñez, me recuerdo bebiendo un poco de cava, moscatel o málaga para las Navidades en cl seno familiar, agua con anís y hielo con el advenimiento de los primeros calores, y vino Diamante en los santos, cumpleaños y demás fiestas de guardar. Para los trece años, tomaba quina con mis mayores, como si tal cosa, en La Rana Verde de la calle Fuencarral. Para los catorce vendrían, con la misma naturalidad, el vermú y la cerveza.

Cerveza..., siempre la asociaré con el sol, los espacios abiertos, los días luminosos y el amor, nada menos que el amor. Verán: Yo tenía catorce años, según hemos quedado, estudiaba en el Colegio del Cisne de Madrid, con los buenos hermanos maristas, estaba enamorado CO~() un becerro. Mi amada se llamaba Alicia, tenía la misma edad que yo, era altita, también como yo, rubia, muy guapa, y trabajaba ya en una profesión que hogaño debe sonar totalmente exótica: pelotari del Frontón Iberia, en la calle Sagasta. Otra paradoja, dado los tiempos que corríamos, es que no había prohibición alguna de acceso, ni siquiera para los menores o acompañados, que era mi caso ni necesidad de mostrar carné alguno, ni nada. A la salida me hacía el encontradizo, o al menos la contemplaba de lejos, hasta aquella jornada mágica en que ose dirigirle la palabra. Además, la coheché con tebeos, ella se dejó querer e incluso acompañar hasta su casa, bulevares abajo, cuando todavía en las noches tempranas del estío atronaban las cigarras desde su atalaya en las acacias. Alicia vivía en Rosales. los domingos di en patrullarme la acera, por delante de su casa, como un cadete, o más bien como un "precadete". Por las ventanas salía la voz de Conchita Piquer, luego doña Concha Piquer, cantando aquello de "fue en Nueva York, en la Nochebuena...". A la segunda o tercera guardia Alicia salió> haciéndose mucho la despistada. Era simpática, directa, sin las barreras y las tontunas de otras niñas más burguesas. La tarde anterior yo había ganado a las quinielas en su frontón. La invité a tomar una cerveza y aceptó. Rubia cerveza, rubias patatas fritas rubio sol, rubios sillones de mimbre del Paseo del Pintor Rosales, rubia Alicia. Niños, niñeras y hasta algún ama de cría superviviente. EI Parque del Oeste, y el cangrejero, que nos viviría aún muchos años, con su cesta y sus rojos cangrejos de mar tapados con un mantel de blancura impecable. ¡Hasta me llegó para cangrejos! La intimidad compartida y cómplice de los gigantescos sillones, casi tan protectores como el "Gusano Loco" de la verbena, la fragancia a colonia infantil de mi amada junto a otros presentidos aromas de niña-mujer, los árboles metamorfoseados, aúreos, a través de la blonda cerveza, un mundo dorado, una audacia desconocida, el sabor macho (o por lo menos «machiño») de la conquista, tal es mi paisaje de la cerveza. Y luego vinieron otras novias o «novillas», otros besos, otras audaces furtividades al caer de la noche, otros soles convirtiendo en lingote el interior de mi vaso, otras ensoñaciones gualdas. La rubia cerveza, la blanca espuma coronándola, el olor a echada y lúpulo, un «cordón de seda» de frescor y consuelo descendiendo por nuestra garganta.