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otoño-invierno.
1995. nº4 La
cerveza, una y trina.2
Aunque la apoteosis de estas
sensaciones puramente cerveceras no vendría hasta muchos años
después, casi siempre por los caminos de Andalucía, casi
siempre en los primeros días ígneos de julio, ya con mi
mujer, en ocasiones con nuestros hijos. Como aquella vez que veníamos
todos de Madrid, deshidratados, y al llegar a Montilla bajamos del coche,
con celeridad de GEOS, a saciar nuestra sed con cerveza. Botellas y botellas,
y cada vez, aparentemente, más sed, y cada vez más gozo,
porque matar la sed con cerveza en momentos así constituye un deleite
vicioso, probablemente una obscenidad. Otra vez entre Loja y Priego de
Córdoba, por aquella carretera sinuosa y decimonónica, o
tantas veces por los secarrales de Écija, envueltos en fuego, para
ponernos como odres de cerveza en Marinaleda o Estepa: modestas orgías
estivales de la saciedad.
Y termino en seguida, no
arrojen la toalla, pues antes quiero hablar un poco de ˇa historia, una
historia más mitológica que telúrica, ya que la cerveza
fue anterior a Moisés y al Diluvio, anterior a Abraham, muy anterior
a Jesucristo. Tanto que
su dios, surgido de la lámpara
de las divinidades en Tracia fue reconvertido luego, con el advenimiento
del vino, en Dionisios por los griegos, en Baco por los romanos, al igual
que la Iglesia reciclaría después tantas fiestas e instituciones
paganas anteriores. Mesopotamia, Caldea, nombres grabados indeleblemente
en la memoria colectiva de los hombres. Primero se hacía la cerveza
con trigo, después, ya, con echada. En las tablillas de Sumer encontramos
las primeras referencias, ˇy faltan 8.000 años para el advenimiento
del Mesías...! La cerveza se llamaba «sikaru». żNació en
Ur, patria de Abraham? Así parece. El producto está incluido
en el legendario Código de Hammurabi, adquiere carta de naturaleza
en Egipto. Herodoto lo considera medicina, Domiciano establece una primera
«Ley Seca», los faraones consideran que la cerveza, consumida con media
cebolla dentro, es garantía de longevidad, y quizá, con
un poco de suerte, de eternidad. Aquella cerveza de los primeros milenios
era un líquido dulzón, al que los romanos, tan innovadores
para lo bueno y para lo malo, añadían dátiles y otras
golosinas (o porquerías, según se mire). Habrá que
esperar a nuestra era para que el sabor de la cerveza se torne acerbo
con la adición del lúpulo. Y miren ustedes por donde, la
inventora de tal modalidad no fue otra que Santa Ildegarda. Corría
el siglo XVI. Claro que para entonces la cerveza era cosa de conventos:
en Francia se desarrolló la «biére des Peres», que era fuerte
como un auténtico demonio, y la "biére de convent", la primera
dedicada a los cenobios masculinos y la segunda a los femeninos. La ración
diaria, en ambos casos, era de tres Iitros per cápita... pero no
sean ustedes mal pensados: es que en los conventos y monasterios hacía
tal frío que había que calentarse, y resulta que la cerveza
no sólo refresca, sino calienta.
Por el siglo citado, la cerveza
y sus fórmulas secretas salen de los conventos. El maná
alcanza también al pueblo llano, aunque siguen surgiendo nombres
propios relacionados con su consumo: Gambrinus, otro reinventor, gordote
y epicúreo, una especie de Falstaff de la cerveza. San Magno, patrono
de la misma en Alemania. O San Arnaldo, que desempeña la misma
función en Francia. Santo muy «milagreiro» éste. Cuanto
que trasladan sus reliquias, en un día de calor extremo, sus discípulos
portan como símbolo un recipiente con cerveza, cubierta con un
paño de albo hilo. Arrecia la sed entre los peregrinos, y, de
pronto, ˇmilagro!, el preciado líquido se multiplica y da de beber,
rememorando las bodas de Canná con el vino, o la multiplicación
de los panes y los peces, a centenares de sedientos. Aquí, en España,
íberos, celtas y celtíberos habían conocido ya su
cerveza, seguramente muy rudimentaria, pero el gran introductor de esta
bebida universal en versión moderna no fue otro que nuestro muy
tragaldabas Emperador Carlos V, que se trajo puesta de Flandes toda una
cohorte de maestros cerveceros.
Hermosa historia para una
bebida insustituible.

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