Cuando del universo material
se trata, tendemos a considerar sólo aquella parte del mismo
que somos capaces de percibir. Pero nos equivocamos. De una parte, muchas
de nuestras percepciones no se corresponden con la realidad, sino que
son asunciones o inferencias erróneas; o, simplemente, errores
del sistema perceptivo. Sirvan como ejemplo la puesta del sol o la historia
personal de Colón, quien al final de su primer viaje americano
mantenía obstinado su llegada a Cipango y Catay.
Por otra parte, carecemos
de receptores que nos permitan percibir partes muy importantes del universo
material, que permanecen desconocidas por nosotros durante muchísimo
tiempo, tanto como el necesario para que los científicos descubran
los receptores y/o los lenguajes que nos permitan comunicarnos con ellas.
Existen infinidad de ejemplos. El espacio está lleno de ondas
electromagnéticas que no somos capaces de captar directamente
con nuestros sentidos. Lo mismo sucede con los microbios, de los que
hablaremos más adelante. No olvidemos que en el curso del descubrimiento
de los lenguajes de comunicación con la naturaleza, los científicos
recorren un camino dramático y cometen errores de bulto. Recordemos
las teorías del flogisto (el principio del fuego, que dominó
la Química del XVIII) y del éter (medio de transmisión
de las ondas electromagnéticas, según los físicos
del XIX); o la obstinación de Liebig en una explicación
química de la fermentación.
El
tercer reino
Esto nos lleva directamente
al reino de los Protistos. Los grandes desconocidos hasta los tiempos
de Leuwenhoek y Pasteur, porque, sencillamente, éramos incapaces
de verlos. Pero con entidad suficiente para formar todo un reino y con
efectos profundísimos
sobre el resto de la biosfera, por supuesto, sobre los humanos.
Los microbios se relacionan
con los humanos a través cíe tres procesos principales:
la putrefacción, la infección y la fermentación.
El primero de ellos consiste en la degradación total de lo orgánico
hasta sus componentes inorgánicos. La infección es la
invasión de un individuo con alteración grave de sus equilibrios
internos. La fermentación es una degradación parcial de
alimentos de origen vegetal o animal que, al mismo tiempo que los transforma,
los estabiliza frente a las fuerzas putrefactivas, de alcance degradativo
mucho mayor. La degradación es parcial porque el alimento en
cuestión, desde el punto de vista de las necesidades metabólicas
del microorganismo fermentante, está descompensado; y en muchos
casos, además, porque los humanos creamos las condiciones adecuadas
para ayudar al microorganismo fermentante a dominar sobre sus competidores.
La fermentación
es tan antigua como la agricultura o la ganadería y su trascendencia
es, posiblemente, igual de grande. Son los tres procesos de domesticación
mediante los que los humanos se relacionan con los tres grandes reinos
de lo vivo. Algunos ejemplos de la importancia de lo fermentativo en
la alimentación lo constituyen el pan, el queso, el yogur o la
cerveza.
¿Quién domestica
a quién? Esta es una buena e interesante pregunta en la que,
si profundizarnos, ronle1n~s llegar a conclusiones sorprendentes. Personalmente
creo que la domesticación es un proceso de simbiosis. Es decir,
que es recíproca. En cualquier caso la fermentación es
algo muy, muy antiguo; muy, muy ancestral. A su alrededor nacen oficios
que, como los del labrador o del pastor, imprimen carácter. El
maestro fermentador (bodeguero, cervecero, quesero o panadero es ante
todo un conocedor (habría que decirlo en francés, un connaisseur;
sólo él es capaz de captar las sutilezas de calidad
del producto fermentado. Y la razón de ello es que, por la propia
naturaleza de lo fermentativo, las transformaciones que sufre el producto
fermentado son tan complejas y sutiles, que se necesita mucho entrenamiento,
experiencia y cualidades innatas para conseguirlo.
Al fermentar un alimento
se consiguen, al menos, dos objetivos principales:
a) Transformarlo, estabilizándolo
frente a la putrefacción.
b) Conferirle flavor.
El orden de complejidad
de lo fermentativo es enorme. En el caso de la cerveza existen entre
200 y 300 especies
químicas que ejercen una
acción organoplástica directa y que actúan,
a su vez, en sinergia entre ellas. En todas las culturas hay productos
fermentados, de naturalezas variadísimas. A pesar de todo, podemos
someterlos a clasificaciones sencillas. Según su origen: animal
(carne, leche o pescado o vegetal (semillas, frutos, tubérculos,
etc.). Y según el tipo de proceso: fermentación alcohólica,
láctica o misceláneas.