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r i m a v e r a - v e r a n o . 1 9 9 6. n º 5
Lo sano que es perder el tiempo
Ramón Sánchez Ocaña
Cuando se habla de perder
el tiempo, aparece siempre un matiz peyorativo. Tenemos la prisa tan metida
en las entrañas que perder el tiempo suena a despilfarro, a desorden
y hasta a apropiación indebida. Es como si ese tiempo perdido fuera
robado a los demás. Y no es así; sobre todo ahora, de cara
al verano.
Una confesión aparte:
creo sinceramente que perder el tiempo de vez en cuando es una de las
formas más absolutas de ganarlo. Porque lo grave está en
que llamamos perder el tiempo a no hacer nada con los pies. Nuestra
actividad suele medirse por eso, por las cosas que hacemos en movimiento;
las que hacernos con la cabeza no suelen contar. Haga la prueba y pregunte
en su entorno:
¿Qué hiciste ayer?
Y seguramente le dirán: fui a tal sitio y a tal otro. Y después
estuve con Fulanito y fuimos a...
En definitiva,
sólo cuenta lo que tiene movimiento, aquello que elaboramos con
un resultado final, aquello que nos "sirve", en una palabra.
Sin embargo,
hay que reivindicar el otro tiempo. Ese tiempo perdido para los pies y
ganado para la cabeza. Debemos dejar que la cabeza actúe. Imaginar
un paisaje, soñar una nube o un mar, vestirse de Vivaldi con flautas
y mandolinas, soñarse Mozart, navegar por los mares del Norte o
sentirse el mejor cazador de las estepas... En el fondo, es reclamar un
poco el mirar al cielo para ver que un minuto, -¡todo
un minuto!--esos sesenta segundos, se pueden ir cayendo poco a poco, muy
poco a poco mientras uno pone en orden sus ideas, una a una, como los
segundos, como los pensamientos...
Tengo la
sensación de que cuando hablas de no hacer nada, de parar un poco
el tiempo para pensar, se crea en el entorno una especie de acusación.
Porque, seguramente, preferimos hacer cosas, muchas cosas, para huir un
poco de nosotros mismos, como si no quisiéramos enfrentamos con
nuestra mismidad y tomáramos el camino de hacer muchas cosas con
los pies para ocupar la cabeza con el desplazamiento y el trabajo. Nuestro
tiempo auténtico, como dirían los existencialistas, lo vamos
reduciendo poco a poco, llenándolo de contenidos ajenos para que
sea cada vez menos nuestro.
Hay que reivindicar el ejercicio
de perder el tiempo. Y verlo como un ejercicio sano, útil, y desde
luego mucho más productivo que cualquier otro. Porque de él,
de ese perder el tiempo, surge después el orden, el porqué
de cada uno, la escala de valores y por tanto la adecuada toma de posiciones
-y de decisiones; la organización interna, -en una palabra.
Es más, cuando se
aprende a perder el tiempo (no es difícil: es cuestión de
saberse colocar en la perspectiva oportuna) cambian las dimensiones del
entorno. Los demás dejan de ser enemigos y empiezan a ser simplemente
los demás. Como dejas la prisa aparcada, no entiendes la frenética
huida hacia ninguna parte. No comprendes que la prisa domine para llegar
cuanto antes a no se sabe dónde. Es curiosa la paradoja.
El entrenamiento
no es difícil, porque en el fondo de nuestra alma nos queda todavía
el recuerdo de cuando lo perdíamos alegremente. Es volver a aquello.
Pero quede claro: no hay que vestirse de nada especial, ni calzarse zapatillas
de deporte. Es un ejercicio que sólo requiere quitarse el reloj.
Pero no el de la muñeca, sino el de la cabeza. Despojarse de las
agujas que nos clavan excesivamente al suelo. Y entonces trepar por ellas,
subirse encima para, desde arriba, mirar un poco ese ir y venir acelerado,
presuroso, frenético, anfetamínico que llamamos vida.
Nuestro diccionario
personal ha perdido la palabra calma. Y debemos encontrarla. Y para ello
hay que empezar por perder un poco de tiempo. Perder el tiempo es detenerse,
es pensar, soñar a la vez en todo y en nada. Así, en abstracto,
dejando que la neurona se oxigene, y que discurra por su cuenta en ese
laberinto de sinapsis; pero sin obligarnos a nada, sin disciplina. Se
trata de darnos un tiempo sin reloj para que los segundos nos vayan inundando
en una ducha cálida, que nos vayan bañando de tiempo para
que los reconozcamos y lleguemos al convencimiento de que son nuestros,
que no son enemigos.
Si perdemos
un poco de tiempo al día llegaremos a la conclusión de que
la vida es algo más; y no sólo, como decía John Lennon
"eso que te va pasando mientras tú te empeñas en hacer otros
planes".
En definitiva,
siempre se pueden perder cinco minutos. Nada ocurre por vivir cinco minutos
más tarde. Un paisaje, un pensamiento... -¡tantas cosas!- son pequeños
placeres que adornan la manera de vivir.
Aunque no
sirvan para nada.
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