Fotografía: Miguel Sayago

 

 

 

 

 

 

p r i m a v e r a - v e r a n o . 1 9 9 7 . n º 7
¡Ultreia!

María Zarzalejos

¡Utreia! Así se llama el famoso canto que los peregrinos del Camino de Santiago entonaban al divisar Santiago de Compostela desde el Monte do Gozo. La misma alegría produce saborear la gastronomía gallega y degustar los productos que ofrecen tanto las tierras del interior como sus costas.

Comer en Galicia es algo más que marisco y pescado. Existen zonas del interior, ríos y paisajes que amplían la despensa gallega con verduras, pescados muy característicos, carne de vacuno, quesos y excelentes vinos. Muchos de sus productos están acogidos a denominación de origen o de calidad.

El gallego ha sido de los que ha aprovechado al máximo sus productos y posibilidades, que en muchos casos han sido escasas pero que han logrado resultados muy satisfactorios. El tradicional caldo gallego es un ejemplo de como con unos grelos, patatas, alubias, un trocito de unto (tocino rancio) y un chorizo se consigue un plato sabroso. El lacón con grelos, es una forma de hacer un plato completo con las patas delanteras del cerdo, bien cocidas y tiernas, y con los mismos ingredientes del caldo, excepto las alubias.

Las verduras y hortalizas son las habituales de una huerta norteña, contando con las patatas de Galicia con reconocimiento oficial de su calidad y los famosísimos pimientos de Padrón, que unos pican y otros no.

Las empanadas elaboradas con harina de maíz o de trigo, es una enseña de la gastronomía gallega. Su variedad es infinita y va desde la de lomo de cerdo, pasando por la de bacalao, lamprea, hasta la de berberechos o vieiras. Una de las más sabrosas es la de xoubas (sardinitas pequeñas) con su correspondiente zaragalIada (sofrito de cebolla, tomate y pimientos verdes). La zaragallada es fundamental para cualquier empanada, aunque sufre alguna variación en función del relleno. La masa de la empanada también varía de unos lugares a otros. Las hay que son casi pan, hasta las que se les da una textura más hojaldrada.

Los mariscos y pescados es un apartado de la cocina gallega muy alabado y cantado por propios y extraños. Víctor Sueiro escribió un Manual del Marisco gallego, donde con detalle y con gran sentido del humor, desgrana una a una todas las especies que se pueden encontrar en la mar y su preparación. Langostas, centollas, ostras, vieiras, zamburiñas, percebes, almejas, nécoras... La caldeirada, preparación marinera en la que diferentes pescados se cuecen en agua del mar, y luego se aderezan con una salsa allada, es un plato en origen humilde y que los pescadores preparaban en los barcos, pero que elaborada con detalle y mimo es exquisita. Si se le añade marisco el resultado será espectacular.

El pescado ofrece un escaparate amplio: la merluza, el rape, el congrio, la raya... No hay que olvidar que las tierras gallegas están bañadas por el Atlántico y por el Cantábrico y esta circunstancia favorece la variedad de su pesca.

Los pescados de río son los habituales trucha y salmón o los más desconocidos por muchos, como la anguila, la lamprea o el sábalo (sable), que escabechado está exquisito. La Iamprea, guisada en su propia sangre y con vino tinto, no es algo común de degustar, pero que no hay que perder la oportunidad de hacerlo.

El pulpo merece unas líneas para él solo. La tradición pulpera se remonta a hace muchos siglos, ya que peregrinos del Camino de Santiago, en el siglo XVI, citaban a las pulpeiras y cómo cocían en grandes calderos los pulpos. Rara es la feria en la que el pulpo no esté presente, y de hecho una de las preparaciones más conocidas es la de pulpo a feira. Recién cocidos, cortados en rodajas y aliñados con sal gorda, chorretón de aceite de oliva y espolvoreado con pimentón (lo ideal es mezclar un poco de picante y otro de dulce). Unos cachelos (patatas) recién hechos y muy cocidos es un buen acompañamiento.

La carne gallega ha sido famosa y lo sigue siendo. Aún así los gallegos lo que más consumían eran carne de cerdo, cabrito o pollo. Preferían conservar las vacas para leche y la elaboración de quesos. Algunos de sus quesos tienen denominación de origen: el de tetilla o el ahumado de San Simón.

La caza y las aves no han sido muy apreciadas por la gran mayoría de los gallegos, aunque también es cierto que era una minoría la que la podía consumir y quien la sabía preparar. Pichones, patos, conejos..., se debían de preparar muy bien en los pazos, en esa cocina del siglo XVIII, que es muy poco conocida, pero que era elaborada, minuciosa y exquisita en ingredientes y en resultados finales. El pollo sí se conocía y se preparaba asado en marmitas de hierro a fuego suave y controlado. El capón de Villalba es otro de los emblemas de la culinaria gallega. El proceso de engorde de los mismos tiene un punto de crueldad, pues implica tener a los capones inmóviles y darles de comer tres veces al día, quieran o no quieran. Comer en Navidad un capón, relleno de castañas, por ejemplo, es lo más. Recuerda a lo que se hace con las ocas y patos: se les engorda a fuerza para que el hígado se hinche y alcance un peso considerable. Eso sí, su sabor es exquisito.

La tarta de almendra o tarta de Santiago es el dulce más típico, aunque curiosamente en Galicia no hay prácticamente almendras. Bien hecha es esponjosa y jugosa, pero hay grandes diferencias según donde se compren. Se empaqueta en cajas como se hace con las ensaimadas mallorquinas para que viajeros y turistas se las lleven a casa como recuerdo. La cruz de Santiago silueteada en la superficie no deja lugar a dudas de la presencia de este santo en el transcurrir de la vida de los gallegos a lo largo de su historia, en cualquiera de sus aspectos. Hay otros dulces que se repiten en otras zonas de España: las cañas de hojaldre rellenas, la leche frita -también llamada en algunos sitios leite de frades-, las torrijas de pan de maíz o las natillas con bizcochos.