¡Utreia! Así
se llama el famoso canto que los peregrinos del Camino de Santiago entonaban
al divisar Santiago de Compostela desde el Monte do Gozo. La misma alegría
produce saborear la gastronomía gallega y degustar los productos
que ofrecen tanto las tierras del interior como sus costas.
Comer en Galicia es algo
más que marisco y pescado. Existen zonas del interior, ríos
y paisajes que amplían la despensa gallega con verduras, pescados
muy característicos, carne de vacuno, quesos y excelentes vinos.
Muchos de sus productos están acogidos a denominación
de origen o de calidad.
El gallego ha sido de los
que ha aprovechado al máximo sus productos y posibilidades, que
en muchos casos han sido escasas pero que han logrado resultados muy
satisfactorios. El tradicional caldo gallego es un ejemplo de como con
unos grelos, patatas, alubias, un trocito de unto (tocino rancio) y
un chorizo se consigue un plato sabroso. El lacón con grelos,
es una forma de hacer un plato completo con las patas delanteras del
cerdo, bien cocidas y tiernas, y con los mismos ingredientes del caldo,
excepto las alubias.
Las verduras y hortalizas
son las habituales de una huerta norteña, contando con las patatas
de Galicia con reconocimiento oficial de su calidad y los famosísimos
pimientos de Padrón, que unos pican y otros no.
Las empanadas elaboradas
con harina de maíz o de trigo, es una enseña de la gastronomía
gallega. Su variedad es infinita y va desde la de lomo de cerdo, pasando
por la de bacalao, lamprea, hasta la de berberechos o vieiras. Una de
las más sabrosas es la de xoubas (sardinitas pequeñas)
con su correspondiente zaragalIada (sofrito de cebolla, tomate y pimientos
verdes). La zaragallada es fundamental para cualquier empanada, aunque
sufre alguna variación en función del relleno. La masa
de la empanada también varía de unos lugares a otros.
Las hay que son casi pan, hasta las que se les da una textura más
hojaldrada.
Los mariscos y pescados
es un apartado de la cocina gallega muy alabado y cantado por propios
y extraños. Víctor Sueiro escribió un Manual
del Marisco gallego, donde con detalle y con gran sentido del humor,
desgrana una a una todas las especies que se pueden encontrar en la
mar y su preparación. Langostas, centollas, ostras, vieiras,
zamburiñas, percebes, almejas, nécoras... La caldeirada,
preparación marinera en la que diferentes pescados se cuecen
en agua del mar, y luego se aderezan con una salsa allada, es un plato
en origen humilde y que los pescadores preparaban en los barcos, pero
que elaborada con detalle y mimo es exquisita. Si se le añade
marisco el resultado será espectacular.
El pescado ofrece un escaparate
amplio: la merluza, el rape, el congrio, la raya... No hay que olvidar
que las tierras gallegas están bañadas por el Atlántico
y por el Cantábrico y esta circunstancia favorece la variedad
de su pesca.
Los pescados de río
son los habituales trucha y salmón o los más desconocidos
por muchos, como la anguila, la lamprea o el sábalo (sable),
que escabechado está exquisito. La Iamprea, guisada en su propia
sangre y con vino tinto, no es algo común de degustar, pero que
no hay que perder la oportunidad de hacerlo.
El pulpo merece unas líneas
para él solo. La tradición pulpera se remonta a hace muchos
siglos, ya que peregrinos del Camino de Santiago, en el siglo XVI, citaban
a las pulpeiras y cómo cocían en grandes calderos los
pulpos. Rara es la feria en la que el pulpo no esté presente,
y de hecho una de las preparaciones más conocidas es la de pulpo
a feira. Recién cocidos, cortados en rodajas y aliñados
con sal gorda, chorretón de aceite de oliva y espolvoreado con
pimentón (lo ideal es mezclar un poco de picante y otro de dulce).
Unos cachelos (patatas) recién hechos y muy cocidos es un buen
acompañamiento.
La carne gallega ha sido
famosa y lo sigue siendo. Aún así los gallegos lo que
más consumían eran carne de cerdo, cabrito o pollo. Preferían
conservar las vacas para leche y la elaboración de quesos. Algunos
de sus quesos tienen denominación de origen: el de tetilla o
el ahumado de San Simón.
La caza y las aves no han
sido muy apreciadas por la gran mayoría de los gallegos, aunque
también es cierto que era una minoría la que la podía
consumir y quien la sabía preparar. Pichones, patos, conejos...,
se debían de preparar muy bien en los pazos, en esa cocina
del siglo XVIII, que es muy poco conocida, pero que era elaborada, minuciosa
y exquisita en ingredientes y en resultados finales. El pollo sí
se conocía y se preparaba asado en marmitas de hierro a fuego
suave y controlado. El capón de Villalba es otro de los emblemas
de la culinaria gallega. El proceso de engorde de los mismos tiene un
punto de crueldad, pues implica tener a los capones inmóviles
y darles de comer tres veces al día, quieran o no quieran. Comer
en Navidad un capón, relleno de castañas, por ejemplo,
es lo más. Recuerda a lo que se hace con las ocas y patos: se
les engorda a fuerza para que el hígado se hinche y alcance un
peso considerable. Eso sí, su sabor es exquisito.
La tarta de almendra o
tarta de Santiago es el dulce más típico, aunque curiosamente
en Galicia no hay prácticamente almendras. Bien hecha es esponjosa
y jugosa, pero hay grandes diferencias según donde se compren.
Se empaqueta en cajas como se hace con las ensaimadas mallorquinas para
que viajeros y turistas se las lleven a casa como recuerdo. La cruz
de Santiago silueteada en la superficie no deja lugar a dudas de la
presencia de este santo en el transcurrir de la vida de los gallegos
a lo largo de su historia, en cualquiera de sus aspectos. Hay otros
dulces que se repiten en otras zonas de España: las cañas
de hojaldre rellenas, la leche frita -también llamada en algunos
sitios leite de frades-, las torrijas de pan de maíz o las natillas
con bizcochos.