"Recuerdo a Pepe Marchena,
con un caña en la mano, saludando a diestro y siniestro en las mañanas de la Feria de Abril" 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

"Y la cerveza,
para ser más flamenca, hasta disminuyó
de tamaño
y se hizo llamar ‘caña’

 

 

 

 

"Adivino a Tomás Pavón tomar una cerveza, después del grito prolongado y largo de su angustiosa seguriya"

 

o t o ñ o - i n v i e r n o . 1 9 9 8. n º 1 0
Ceveza, copla y leyenda
Lauren Postigo

Cuenta la leyenda, a veces más certera que la propia historia, que, en época del Antiguo Imperio egipcio, los Faraones y sus más distinguidos súbditos solían beber como refresco para aliviarse del calor sofocante, un líquido dorado que fabricaban con granos de cebada, fermentada en agua, al que aderezaban, dándole sabor, con plantas aromáticas. O sea, cerveza.

También dice la leyenda que aquella sana costumbre, tan redentora y apetitosa en un país árido de soles y desiertos, pasó sin decreto al pueblo llano y sencillo, que la hizo también suya, hasta el punto de no haber por entonces una sola casa en el Reino sin un saco de cebada en sus establos y una vasija o tonel p fabricarla. Y después, lo de siempre, un pasar de egipcios a griegos, de griegos a romanos, de romanos a bárbaros, en un largo peregrinar de siglos que culminaría con su asiento definitivo en el centro de la vieja Europa. Y fue allí, en la antigua Checoslovaquia, culta, inquieta y monumental, donde la antigua, moribunda y viajera bebida encontraría refugio, pero no para morir, no, sino para resucitar en ciudades mágicas, como Pilsen, que la amamantaría dándole nuevos aíres y un nuevo estilo, dotándola en sus cuidos de un nuevo recién estrenado sahor que sobrepasaría con el tiempo las fronteras del mundo.

Este sabor llegaría a Andalucía hace más de noventa años, exactamente en 1904, cuando Roberto Osborne, un andaluz de pro, de El Puerto de Santa María, decidió crear la primera fábrica de dorado líquido, como un reto a una tierra hasta entonces prodíga en mostos y vinos milenarios. Sevilla fue la ciudad escogida para su emplazamiento. ¿Que por qué? Se hablo de la bondad dc sus aguas, similares a fas de Pilsen. Se habló tic su privilegiada situación a orillas del Guadalquivir, navegable hasta el mar. Pero yo me tiro más a creer que pudo más en su elección la leyenda eterna de una Sevilla mítica y emprendedora, siempre abierta a la aventura y a la búsqueda de nuevos horizontes. Y es aquí, también a mi entender, ¡claro!, donde empiezan los verdaderos argumentos para hacer tic aquella bebida recién estrenada, y después cada vez más andaluza, motivo y parte de la historia popular de una tierra. Influirla en ello el lugar de su enclave, ideal tara la ubicación de una fábrica tic ríos amarillos, rebosantes de espumas blancas. Y se encontró. Fue en las proximidades de su histórico Templete, que allí estaba y sigue estando, desde hace más de cinco siglos, viejo y erguido en una campiña llena de naranjos y amapolas, plantado en un enclave de caminos, con una cruz solemne bajo su bóveda, culminada por almenas. Una cruz que ya, siempre, daría nombre a la cerveza más famosa nacida en Andalucía: la Cruz del Campo.

Aquella cerveza sevillana terminaría por adaptarse a su gente y a su entorno. Yo pienso que se hizo más mediterránea. No sé si cambió de sabor, si trató dc hacerse más apetitosa, exquisita y fina para unos paladares de raza vieja acostumbrada al deleite, pero, sin duda, no perdió para nada su auténtica pureza. Yo la imagino en sus principios, introduciéndose en los bares más selectos de Sevilla para, después, extenderse con sigilo a todos sus barrios y alrededores, plagados dc mesones y colmaos. Buscó al pueblo. Y lo encontró. Y casi sin cuenta fue perdiendo la severidad de sus regios orígenes y se enamoró de Andalucía para después ser española. Se vistió de ella y cambió de envoltura para ser servida. Consciente dc su brillante amarillez se deshizo de un entorno oscuro, de jarras de loza y cerámica, con viejos dibujos y escudos europeos, para suplirlas por otras de cristal trasparente, recreándose en la suerte de su derrame, para que se le viese bien, consciente dc que a la gente de aquellos contornos, que ya empezaban a ser suyos, también les gustaba bebérsela con los ojos. Y para ser más flamenca, hasta disminuyó de tamaño y se hizo llamar "caña".

-Niño, ponme una caña.

Como los cantes de la tierra, la cerveza se propagó por toda Andalucía. Subió a la sierra cordobesa, visitó todas las cruces dc Mayo, como hija de una cruz que era, cruzó Málaga y Granada, y tomó las veredas lisas del sur para plantarse en un Jerez y un puerto vinateros que la miraban de reojo, con los celos de sus vinos prodigiosos, sin saber que aquella "rubia" que "se les venía encima", sólo quería cobijo y convivencia. Y después, el no dar abastos. Y un barril, en mostradores repletos de cañas de cerveza, entre bumos y carteles de corridas de toros. Y, en el aire, una voz doliente, la de Manolo Caracol cantando "la Salvaora". Y el cariño y el mimo de lo que ya es de la gente.

- Niña, arréglate que vamos a tomarnos una cervecita.

Bendita cerveza andaluza que supiste entrar en el mundo de lo popular y dc la copla para después extenderle a toda España. Yo no quisiera terminar este artículo sin dedicar un recuerdo a todos aquellos, cantaores y bailaoras, que en noche de vino y juerga consolaron sus gargantas heridas, aliviándose del esfuerzo abrasante de sus cuerdas con resucitadoras cañas de cervezas. A unos los vi y a otros los adivino. Adivino a Tomás Pavón tomarla, después del grito prolongado y largo de su angustiosa seguriya. Adivino a Manuel Vallejo, el de la voz Iaina, aquel monstruo que le "metía mano" a todos los "palos", consolándose con cerveza después de lanzar al aire su "granaina", única y eterna. Y no adivino, sino que vi, y no una vez sino varias, a la Niña de los Peines y a Pepe Pinto sentados en la terraza de su bar de La Campana, desentendiéndose del "duende" en atardeceres de estío, con un cartucho de pescaíto frito sobra la mesa y una buena jarra de cerveza acompañándolos. Y a Antonio Mairena, el de la voz sabia, gitana y bien timbrada, contrastando con aquella otra de Manolo Caracol dolosa y desgarrada.

Y a Pepe Marchena, señorial y ensortijado, en el mostrador de El Burladero, con una caña en la mano, saludando a diestro y siniestro, en mañanas de tertulias taurinas en Feria de Abril. Y a tantos y tantos otros y otras, casi todos aquellos, hombres y mujeres, pertenecientes al mundo del Flamenco y de la Copla, que hicieron honor a esa cerveza que supo ser señora, popular y cancionera.

Por eso no es de extrañar que una tal Concha, de apellido Píquer, Reina de la Tonadilla, nos cantará un día en "Tatuaje", desde un cafetín de mar amargo lleno de marineros, su triste historia de un amor imposible con un hombre sin nombre, que vino en un barco de nombre extranjero y que, en su delirio, sólo recordara de él que era alto, guapo y rubio como la cerveza.