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v e r a n o. 1 9 9 9. n º 11
Cervezas de abadía:
oración, trabajo y regocijo
Miguel Ángel Robles
Durante
los siglos XII y XIII los cistercienses construyeron en toda Europa monasterios
con cervecerías que eran auténticas industrias cerveceras.
Durante años, los
secretos de la cerveza, como muchos otros de la gastronomía, la
medicina y la cultura en general, estuvieron ocultos en monasterios y
conventos. En ellos, afanosos frailes consagrados al ora et labora
dictado por su credo, todavía encontraban tiempo, después
de rezar, copiar manuscritos, trabajar la artesanía y laborar en
el campo, para investigar en la prodigiosa alquimia de una bebida en la
que no solo encontraban regocijo para el cuerpo y para el alma, sino una
fuente de ingresos que nunca estaba de más en comunidades no precisamente
pujantes. Así fue como nacieron, en el centro y en el norte de
Europa, las llamadas cervezas de abadía, que, con el discurrir
de los tiempos, habrían de hacerse célebres en todo el mundo.
En aquellos monasterios que
cobraron fama gracias a sus cervezas, ya no vemos hoy monjes produciendo.
Pero esas viejas abadías, afortunadamente, han traspasado a fábricas
instaladas en los alrededores e incluso en su propia sede la posibilidad
de vender en el mercado, con su marca, cervezas que son elaboradas con
los procedimientos tradicionales que utilizaban los propios religiosos
en siglos pasados.
Estas cervezas de abadía
pueden reconocerse en la actualidad por unos tapones de chapa en los
que aparecen impresos unos códigos de color bien familiares para
sus devotos. Pero es que, además, sus nombres recuerdan los de
los conventos donde se empezaron a fabricar, los de los santos patronos
de la región o los de los patronos de las órdenes a las
que pertenecían sus fabricantes.
Así, son famosas las
cervezas de monasterios benedictinos como Maredsous o Affligem y otros
como Leffe, Grimbergen o Corsendonk, que han conseguido cuotas de mercado
considerables en el mundo cervecero. Junto a ellas, acreditada reputación
tienen, por ejemplo, las que llevan el nombre del monasterio Sainé
Landelín o las marcas holandesas Capucjín o Raaf. También
conocidas son las cervezas elaboradas en monasterios alemanes como Weltenburg,
Kreuzberg, Ettal o Mallesdorf. En este último monasterio, regentado
por monjas franciscanas, se consigue un producto de notable calidad denominado
Kloster en recuerdo de su origen en los claustros monacales. Pero, quizás,
de todas las marcas de cervezas de abadía, las más prestigiosas
fueron en su tiempo, y son hoy todavía, las de los monasterios
trapenses. En la actualidad, la denominación Trappist (cerveza
trapense) sólo la disfrutan cinco monasterios belgas y uno holandés.
Se trata de Westmalle (abadía trapense), Chimay (abadía
de Notre-Dame de Scorumont), Rochefort (abadía de Notre-Dame de
Saint-Rémy), Orval (abadía de Notre-Dame de d’Orval) y Wcstvleteren
(abadía de Saint Sixtus), en Bélgica, y Schaapskooi (abadía
de Koningdhoeven), en Holanda. Estas seis privilegiadas abadías,
cuyo producto es uno de los estilos de esta bebida más valorados,
tienen la obligación de conservar escrupulosa In en te los métodos
de fabricación puestos en práctica por los frailes hace
varios siglos. Pero si la forma de elaborar la cerveza es similar, los
sabores de las bebidas de estos monasterios trapenses son distintos, según
el lugar en que se fabriquen. Así, si bien el producto se caracteriza,
en todos los casos, por una fermentación alta, y refermentación
en botella, el aroma puede oscilar entre lo amargo (abadía de Notre-Dame
de d’Orval) y lo dulce (abadía de Notre-Dame de Saint-Rémy,
en Rochefort).
La fama y el prestigio de
estas cervezas es tal que han cruzado el Océano para implantarse
en Norteamérica, donde cervecerías de Massachussetts o Colorado
fabrican productos al estilo de abadía que han conseguido
aproximarse bastante a las cervezas europeas.
El origen de estos caldos
que hoy podemos degustar se remonta, como ya se ha dicho, a la época
de las comunidades monásticas. Fue en ellas, en los albores del
segundo milenio, donde nació la cerevesia monacorum, que
no sólo puede considerarse el origen de las cervezas de abadía
que hoy conocemos, sino el primer antecedente de la cerveza actual. Fueron
los frailes boticarios o bodegueros (también llamados legos) los
que consiguieron mejorar el aspecto, sabor y aroma de la bebida. Además,
lograron nuevas variedades y descubrieron que algunas semillas, como las
del mirto de Brabante, ayudaban a conservar el producto en buenas condiciones
para el consumo.
Otra de las grandes aportaciones
de las abadías fue el empleo del lúpulo, a partir del siglo
XII, para conseguir el típico sabor amargo de la cerveza. Hasta
entonces se utilizaba gruyt, una mezcla de hierbas aromáticas,
como el romero, el ajenjo y el poleo.
En ese momento, explica Fernando
Martínez Laínez en su libro La cerveza en España,
cada cerveza monacal tenía su denominación de origen
y todos los monasterios fabricaban dos variedades de cerveza: la fuerte
o Paterbier, y la floja o suave, Kofentbier. La producción de cerveza
era casi un privilegio) de los monjes, y de hecho rara era la abadía
inglesa, alemana, flamenca o centroeuropea que no elaboraba su propia
marca.
Así, por ejemplo,
en los siglos XII y XIII, los cistercienses construyeron en toda Europa,
partiendo de Borgoña, monasterios con cervecerías, que eran
auténticas industrias cerveceras, y, de hecho, solicitaron a los
soberanos de sus respectivos reinos el derecho de vender su cerveza en
establecimientos propios.
En aquellos monasterios,
el encargado de preparar con esmero la cerveza era el lego, un fraile
que hacia vida monástica, pero que no estaba sometido a todas las
obligaciones de los monjes. Durante toda la Edad Media y hasta el siglo
XVIII los legos fueron la más importante mano de obra de las empresas
industriales de los monasterios, aunque, originalmente, todos los religiosos
debían estar los religiosos debían estar en condiciones
de preparar la cerveza para su degustación diaria. El trabajo
del lego estaba muy valorado, debido a la escasez de expertos que conocían
los secretos de la fabricación de la cerveza.
De la mano de estos frailes,
la cerveza vivió su primera y espléndida juventud. "Aunque
no se conozca documentalmente, por textos y grabados de aquel tiempo,
la imaginación permite hoy oler y saborear los aromas y contenidos
de las vasijas y barriles monacales, sumidos en bodegas semioscuras en
las que el vaho de las materias en fermentación llevaba aromas
de incienso", describe Martínez Laínez en la obra anteriormente
citada.

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