La cerveza es, casi con
toda seguridad, la bebida alcohólica más antigua del mundo.
El cereal fermentado, fundamental
mente cebada, se bebía en Mesopotamia, y los antiguos egipcios
fueron no solo excelentes elaboradores, si no los primeros en reglamentar
su elaboración y comercio. Sucesivamente, galos, celtas y sajones
perfeccionaron el sistema de fermentación de su "cervoise", hasta
cine en el siglo XIII los monjes revolucionaron la técnica y
el gusto de la cerveza con el añadido de lúpulo. El hallazgo
fue de tal calibre que pronto las cervezas elaboradas por religiosos
tan sibaritas alcanzaron fama en toda Europa, logrando la supremacía
sobre otras formas más populares de prepararla. Desde entonces,
y hasta nuestros días, las cervezas de abadía belgas,
país del legendario rey Gambrinus, son una maravillosa reliquia
del pasado que siguen ofreciendo al consumidor amante dc lo genuino
una bebida celestial, muy afrutada, con un intenso sabor a malta, regustos
amargos de lúpulo, y una alta graduación alcohólica
que alcanza fácilmente los 9 grados; muy distinta de la cerveza
ligera y de baja graduación alcohólica que hoy domina
en el mercado.
las cervezas belgas de
abadía siguen siendo tan exquisitas como en sus orígenes,
algunas elaboradas según recetas y métodos que
datan de 1128, como la Lirimbergen; otras, pura y paciente artesanía
de los trapenses de Kochefort. Claro que no todas las cervezas que se
elaboran bajo la advocación monacal son genuinas; de hecho, algunos
sagaces industriales belgas han adquirido viejas propiedades eclesiásticas
para dar lustre religioso a su bebida, lo que no quiere decir que carezcan
de mérito. Pero donde el efecto unido dcl claustro monacal, el
agua pura del lugar, la selección cuidadosa de los cereales y
el lúpulo, el religioso mimo en una elaboración que
no utiliza ni el gas carbónico ni la pasteurización,
alcanza cotas de perfección divina es en los cinco monasterios
que hoy pueden lucir con orgullo el calificativo de cervezas "trapenses":
Rochefort, WestmaIle, Chimay, Westvleteren, y Orval. Se trata
de cervezas de alta concentración de malta, algunas con segunda
fermentación en botella gracias al añadido de levaduras,
todas con cuerpo, buqué intenso en el que es fácil percibir
los recuerdos florales junto a las sensaciones amargas y dulces
perfectamente equilibradas, y una riqueza cromática que va desde
el oro viejo hasta el caramelo tostado, como el color del bendito monje
que la elaboró. Son cervezas de invierno, que se toman a temperatura
ambiente o ligeramente frías, capaces de suplir muchas veces
con ventaja en una comida a un buen vino tinto joven.
En España, desde
luego, las cervezas son más para el verano. Aquí gustamos
tomarla muy fría, en el umbral de la congelación, más
como un refresco que apague la sed, que como una bebida de milenaria
historia, amplio y complejo mundo sensorial, donde la malta y el lúpulo
aportan un delicioso paisaje de perfumes, aromas y sabores que
los fríos atenúan hasta la desaparición. Pero así
son las cosas. Hasta el extremo que si el periodo estival no aporta
los calores esperados, el consumo de cerveza se resiente. Es el otro
extremo de un consumo que necesita afianzarse en todos los tipos y épocas.
Porque existen cervezas "rubias" en nuestro país de excelente
calidad, capaces de conjugar el paladar ligero con el sabor intenso,
u ofrecer al amante del sabor convencional malteado, el regusto entrañablemente
amargo, los sugestivos aromas de lúpulo.
Termina de completar el
panorama cervecero las llamadas cervezas "sin" alcohol, una moda que
no cesa. Tal avalancha de lo insustancial tiene poca o nula explicación
en bebidas como el vino, pero puede estar justificada en las
cervezas, sobre todo en nuestro país, donde ha sido considerada
más un refresco que una bebida alcohólica. Lo cierto es
que la cerveza "sin" es una bebida sana, ligera, y por encima de todo
inocua, lo que puede resultar muy recomendable si se busca no sobrepasar
la baja tasa de alcoholemia permitida actualmente para conducir, o si
las exigencias dietéticas, la prohibición medica tanto
coyuntural -por ejemplo en un tratamiento con ansiolíticos o
antibióticos- como a largo plazo, las motivaciones religiosas
o éticas. etc., nos impiden ingerir alcohol.
Todo parece aunarse para
que esta bebida sea un buen sustituto de la habitual cerveza
entera, plenamente fermentada, con sus cerca de ¿5% de alcohol, que
los españoles consumimos casi el doble que el vino. Y es que
las "sin" se parecen cada vez más a las "con". La mejora en los
procesos de elaboración hace que las diferencias organolépticas
se acorten. Pero es inevitable la diferencia, ya que gran parte del
sabor y aromas Peculiares de la cerveza se originan precisamente
en el proceso de fermentación, que se interrumpe en las "sin".
Diferencias de sabor a parte, lo cierto es que la cerveza "sin" tiene
notables ventajas dietéticas sobre sus gemelas "con". Por ejemplo,
un bajo contenido en calorías -25- que la convierten en la bebida
más ligera después del agua; una notable proporción
de vitaminas, sobre todo 81, B2, B6 y PP, así como glúcidos
de asimilación lenta como el almidón, y un apreciable
aumento de la fibras alimenticias, con sus conocidas virtudes. Claro
que el "sin" de la cervezas es relativo), ya que la legislación
permite hasta un 1 por ciento de alcohol, cantidad a la que la mayoría
de ellas se acercan, con algunas excepciones. Y es que, en algunos casos,
sólo un bebedor entendido) será capaz de diferenciarlas.
Por lo menos hasta la segunda botella.
CÓMO GOZAR PLENAMENTE
DE LA CERVEZA
La cerveza, como
toda bebida de calidad exige, para su correcta degustación, respetar
ciertas normas que harán posible el gozo de su refrescante sabor.
Estos son algunos consejos para saborear bien la cerveza.
-Temperatura más
adecuada
La cerveza rubia
se debe servir a una temperatura de entre 4º y 6º C. Más fría
desarrolla menos espuma por la menor evolución del gas carbónico;
más caliente desarrolla una espuma menos consistente.
-Servir la cerveza
con el envase congelado
Los vasos, copas
o jarras en los que se servirá la cerveza nunca deben estar congelados
porque no favorecen la espuma ni su apreciación visual, al tiempo
que disminuyen notablemente su aroma.
-Para
saber si está bien servida
El brillo
de la cerveza, que debe ser intenso, y su perfecta transparencia, junto
a una espuma cremosa y atractiva evidencian una cerveza bien servida.
-El aroma característico
Lo primero que
debemos apreciar al oler una cerveza es la finura floral del lúpulo
y la presencia del cereal tostado (malta). Cuanto más claros
y armoniosos, mejor es la cerveza.
-El
sabor que se debe apreciar
Para distinguir
una cerveza de otra mediante el sabor, hay que tener en cuenta el alcohol.
el amargor, el cuerpo, el frescor y la sensación residual agradable
que invita a seguir bebiendo.
-Los diferentes colores
en la cerveza
El color se obtiene
por el mayor o menor tueste del cereal durante el malteado. Los colores
-rubia, negra, tostada o blanca- no implican necesariamente ningún
sabor asociado.
-Cómo tirar una
caña perfecta de Cruzcampo
1. Colocar el
vaso limpio y mojado bajo el grifo en posición inclinada (ángulo
aproximado 45º).
2. Abrir el grifo
sin miedo, con un movimiento rápido y seguro. Dejar que la cerveza
resbale por la pared hasta que se cubra el fondo del vaso.
3. Entonces, bajarlo
un poco y colocarlo en posición vertical para que el chorro incida
sobre la superficie de la cerveza. Bajar el vaso, controlando la formación
de espuma.
4. Cuando el vaso
esté casi lleno, cerrar el grifo para permitir que se estabilice
la corona de espuma, cuyo grosor debe ser aproximadamente de 2 centímetros.
5.Presentar finalmente
la caña perfecta al consumidor con el logotipo de Cruzcampo hacia
él.