p r i m a v e r a - v e r a n o . 2 0 0 0 . n º 1 3
solamente una vez

Ana Rossetti

 El Mago alcanzó el primer plano en la pantalla del televisor y susurró confidencialmente:

-Si tiene usted problemas que le agobian o está hastiado por una vida que no le satisface, concédame unos minutos y podrá saber cómo poner fin a sus preocupaciones...

-Muy fácil es decir eso, comentó Juan desde su butaca de skay.

-Científicamente se ha comprobado que la criatura humana desde su nacimiento hasta el instante que precede a su muerte está inmersa noche y día en un áurea de espíritu puro.

-Sí, ya. ¿Y tu prima?

-Mi prima también, aseguró el Mago desde la pantalla. O por lo menos a Juan le pareció haber oído algo por el estilo. No estaba muy seguro. Sin embargo, prestó más atención.

-Efectivamente, prosiguió el Mago con lo suyo, si el espíritu puro que impera en usted es un espíritu maligno, le caerán sin remedio toda una serie de infortunios y su vida estará siempre propensa a la catástrofe...

-Ya será menos, volvió a interrumpir Juan.

-Mire señor, si todavía no se ha dado cuenta del verdadero estado de su miserable existencia, debería decidir antes si le conviene mejor ir a la óptica más próxima o procurar que esa venda que tiene ante los ojos no se le caiga jamás.

-Hombre... yo...

-Pero vea o no vea, que sepa que en cualquier momento la mala suerte se le entrará por la casa, como posiblemente más de una vez haya comprobado. Y le aviso que en lo tocante al fario la cosa va en progresión geométrica. O ¿me equivoco? ¿eh? ¿Me equivoco?

- Pues yo... ¡Qué le voy a contar!

-Efectivamente. La desventura, como le coja ley, puede adherírsele como hierro al imán y no se la podrá quitar de encima de su persona.

- Pues qué porvenir me espera.

Desde luego el panorama actual era de lo más desalentador. Con el achaque de la reconversión lo habían puesto de patitas en la calle, el negocio de ultramarinos con el que había pretendido si no abrirse paso, al menos tirar, quebró antes del año y ahora trabajaba por horas descargando en un almacén sin lograr todavía salir a flote de las deudas...

- Afortunadamente aquí está la solución.

- Hombre, menos mal.

- Escriba al apartado de correos...

- Un momento, a ver...

No encontraba ni un bolígrafo que escribiese. Ni siquiera un trozo de papel.

-¿Ya?, le preguntó el Mago cortésmente.

-Sí. Si señor

Pero en eso supremo instante se oyó el llavín en la puerta y Juan, rápidamente, quitó el volumen y cambió de canal.

- Así que imagínate tú, resumió enfáticamente Luisa.

- ¡A ver...!, exclamó Juan.

- ¿Y a ti qué te parece? Porque vamos...