Los llamados "medios
de comunicación de masas", con la preposición repetida,
no son propiamente ninguna de las dos cosas. Para ser "de comunicación"
les falta un sentido interactivo, de ida y vuelta, como el que se da
en las conversaciones. Para ser "de masas" se requeriría
la participación universal, como ocurre también en el
habla. Por mucho que se entienda la radio o la televisión, sigue
habiendo un público acotado, una audiencia, para cada unidad
de programa. En los medios escritos ese público destinatario
es todavía más reducido.
La suma de periódicos,
revistas, programas de radio o de televisión significa una realidad
formidable, exclusiva del siglo XX. Esos elementos, y más que
vengan, tienen de común que son piezas de cultura. Es decir,
transmiten algo valioso, deseado universalmente, sólo que sus
contenidos varían mucho según sea uno u otro público
receptor. El valor es una mezcla de información y de entretenimiento.
En su día, una necesidad parecida la cumplió la literatura
y las otras formas de arte. En uno y otro caso hablamos de cultura porque
emplean signos, representan formas de alimento inmaterial, intangible.
Pero la manifestación moderna se caracteriza por ser una cultura
efímera, esto es, la que dura un día, dicho literalmente.
La cultura es lo que permanece y lo efímero es lo que dura poco.
Ahora lo efímero
es más radical. Los contenidos mismos de las páginas periodísticas
o de los programas de radio o televisión son efímeros.
La exposición a los medios descritos dura sólo lo que
tarda en llegar la próxima pieza periodística, radiofónica
o televisiva. Es cierto que uno puede recortar un artículo de
un periódico o grabar un programa, pero esas acciones son episódicas.
Lo fundamental es que cada exposición a uno de esos contenidos
"borra" la anterior. El público necesita estar alimentando
continuamente su curiosidad con renovados estímulos. Esa insatisfacción
permanente es el sello de la cultura efímera. Imaginemos el experimento
que supondría la siguiente decisión. Los periódicos,
los programas de radio y de televisión acuerdan que en tal día
se repiten los contenidos del día anterior. La indignación
popular podría ser sonada.
El supuesto anterior
nos ayuda a matizar el carácter efímero de la cultura
a través de los medios de comunicación. No es que se olviden
y desaparezcan sus contenidos, sino que son sustituidos por otros de
la misma especie. Una noticia, un comentario, unas declaraciones duran
muy poco en el recuerdo de la audiencia, pero al día siguiente
el mismo sujeto absorbe nuevas piezas parecidas. Al final de un lapso
suficiente se produce una modificación del conocimiento y de
la sensibilidad del público. Lo efímero, por acumulación
de sensaciones, puede llegar a ser valioso. La mariposa o la flor de
un día no dejan de ser bellas o útiles por durar tan poco.
Es efímero cada ejemplar, no la especie. En la situación
española de los últimos tiempos, gracias a los medios
de comunicación, se ha producido una notable sensibilidad general
respecto a la corrupción de la política o al enaltecimiento
de la naturaleza. Son dos ejemplos que se podrían ampliar. Indican
que, a pesar de su carácter efímero, los contenidos que
transmiten los medios de comunicación pueden ser plenamente culturales.
Los estudios que
se han realizado sobre los medios de comunicación suelen orientarse
desde una perspectiva económica (por eso son "medios")
o lingüística (por eso son "de comunicación").
De ahí que insista tanto en la producción, el consumo
o los signos. Parece una excesiva reducción, lo que hace que
esa literatura sea bastante tediosa. Suele seguir la táctica
de oscurecerse para que le resulte hermética al profano o al
estudiante. De esa forma, el reduccionismo se disimula con un halo de
prestigio académico. El punto de vista de la cultura efímera
considera el mismo objeto con mayor naturalidad y amplitud. Se trata
de analizar el cúmulo de efectos que produce la exposición
a los medios. Por ejemplo, es del mayor interés el supuesto de
si la exposición a un medio desplaza a otro. Lo asombroso es
que todos ellos convivan. Al menos en España, los aficionados
a los ordenadores no dejan por ello de leer. Los seguidores de las tertulias
radiofónicas consumen más periódicos. Sólo
la televisión parece desplazar el interés por los demás
medios; de ahí su potencia. La transmisión de los valores
de una sociedad se realiza hoy en gran medida a través de los
medios de comunicación. Por lo menos esa vía es mucho
más efectiva que la acción de la escuela, del púlpito
o de la mesa camilla familiar. Los valores no son sólo morales
sino estéticos, de conveniencia social.
La "comunicación"
alude propiamente a un intercambio de signos o mensajes entre los individuos
o sus representaciones. No se exige una estricta simetría (las
cartas puede que no reciban contestación), pero al menos el emisor
y el receptor deben intercambiar alguna forma de mensaje. En la radio
es muy común el recurso a las "llamadas de los oyentes"
para dar la ilusión de que se cierra el ciclo de ida y vuelta.
Una función parecida la cumple la sección de "cartas
al director" de los periódicos. En la televisión
se utilizan algunos curiosos dispositivos: las risas "enlatadas"
de las "comedias de situación" o los "públicos"
presentes en los programas de entretenimiento. Obsérvese, de
todas formas, el carácter un tanto engañoso, o por lo
menos irreal, de esos recursos. Corrobora la impresión de artificio
que produce al profano la televisión, a diferencia de los otros
medios. Precisamente ese contraste es una ilustración del abuso
terminológico que puede suponer el genérico "medios"
para referirnos a todos ellos. La verdad es que son muy distintos entre
sí. Lo que les une es que en todos ellos trabajan periodistas
y, cada vez más, "comunicadores", que es cosa algo
distinta.