Cuando
la Expo 92 cerró sus puertas, en octubre de 1992, la principal preocupación
de las distintas administraciones públicas españolas consistía en rentabilizar
las cuantiosas inversiones realizadas en el recinto de la muestra universal.
Aquel
objetivo, lógico, encerraba, sin embargo, una enorme dificultad,
ya que la economía española, al igual que la mundial,
se encontraba sumergida en una crisis económica de grandes proporciones.
Para Sevilla, la
crisis era todavía más profunda. La ciudad había
vivido artificialmente, gracias a la Exposición Universal de
1992, un semestre de prosperidad falsa. La Expo 92, entre abril y octubre,
fue un espacio deslumbrante de exhibición, fiesta y espectáculo
que cautivó a millones de visitantes e hizo vivir a Sevilla en
una burbuja aparentemente ajena a la crisis mundial.
A finales de 1992,
Sevilla tuvo que sumergirse en la dura realidad y pasó traumáticamente
de la luz a la sombra, del lujo a la recesión, del protagonismo
internacional, con millones de visitantes en las calles, a la lucha
solitaria en un caldo de cultivo económica y socialmente dañado.
En aquellas circunstancias difíciles y complejas, Sevilla asumió
el complejo desafío de reutilizar y dar vida al recinto de la
Exposición Universal, a la isla de La Cartuja, un territorio
privilegiado, dotado de un diseño urbanístico y arquitectónico
de lujo y de infraestructuras avanzadas, pero cuya mayor ventaja era
su situación, a escasos cinco minutos a pie del casco histórico
de Sevilla, al que quedaba unido por media docena de puentes y pasarelas
de reciente construcción.
Cartuja
93
Cartuja 93 nació
en el momento en que la Expo 92 quedó clausurada. Fue definido
como un proyecto ambicioso del Estado, amparado por la Corona, en el
que quedaban integradas todas las administraciones públicas:
Gobierno, Junta de Andalucía, Ayuntamiento de Sevilla y Diputación
Provincial de Sevilla. El objetivo era reutilizar la herencia de la
Exposición Universal, aprovechándola para generar empleo
y riqueza.
El nacimiento de
Cartuja 93 estuvo plagado de paradojas y contrastes. El concepto Cartuja
93 era mucho más ambicioso y complejo que la simple reutilización
del recinto heredado de la Exposición Universal. Anímicamente,
Cartuja 93 representaba no sólo el sueño común
de incorporar las infraestructuras heredadas de la Exposición
al tejido productivo, sino también el viejo sueño andaluz
del despegue científico, tecnológico, de la conquista
definitiva de la prosperidad en la frontera del tercer milenio.
Un equipo de investigación
dirigido por los prestigiosos profesores Manuel Castells y Peter Hall
recibió el encargo de encontrar soluciones para el uso futuro
del recinto de la Exposición. En su trabajo, titulado Informe
Final del Proyecto de Investigación sobre Nuevas Tecnologías
en Andalucía, figura la recomendación de que aquel espacio
de excelencia fuera utilizado para crear un parque científico,
plagado de batas blancas, capaz de impulsar el I+D andaluz hasta cotas
insospechadas.
Aquella apuesta
por la tecnología pura no pudo llegar en peor momento. El criterio,
por entonces vigente, de que podía reproducirse el fenómeno
de Silicon Valley en otros espacios, si se apoyaba en una buena base
de ciencia, después resultó inexacto. El cóctel
era más complejo de lo que se creía y los ingredientes,
más variados y complejos. La crisis económica, la escasa
tradición científica de Andalucía y, sobre todo,
la evolución de los parques, que relegaron la investigación
y se inclinaron más hacia el lado de la industria y la tecnología,
convirtieron en intransitable la ruta marcada por Castells.
aralelamente, deslumbrados
por la gran adhesión del público local a la Expo 92, cuyo
recinto fue prácticamente ocupado por los sevillanos durante
la Muestra, se había forjado el proyecto empresarial de instalar
en ese mismo recinto un gran parque de ocio, del tipo Disney, capaz
de situar a Sevilla en el mapa mundial del moderno entretenimiento y
de fortalecerla como destino turístico de primer rango.
El Parque Científico
y Tecnológico de Cartuja 93 y el Parque Temático, un núcleo
basado en el I+D y un gran parque especializado en ocio avanzado, respectivamente,
surgieron así como los dos grandes pilares que debían
hacer posible la brillante reutilización del antiguo recinto
de la Expo 92.
La
etapa de los reveses
Los nervios se hicieron
dueños del escenario cuando, en plena crisis económica,
Cartuja 93 no lograba despegar. Algunos proyectos pactados durante la
celebración de la Exposición como el de la gran biblioteca
inteligente del Pabellón de Francia nunca vieron la luz y algunas
empresas que habían construido pabellones permanentes con ánimo
de reutilizarlos después de la Exposición dieron marcha
atrás y abandonaron el recinto, alimentando todavía más
el pesimismo que asediaba al proyecto Cartuja 93 desde su nacimiento.
Los únicos programas científicos que llegaban procedían
de las administraciones públicas, mientras que la escasez de
proyectos empresariales resultaba agobiante. El Consejo Superior de
Investigaciones Científicas se volcó en la Cartuja y sus
centros abiertos en colaboración con la Universidad de Sevilla
representaron un balón de oxígeno para el Parque. Pero
las empresas, en especial aquellas que, por su fuerza y capacidad tecnológica,
podían servir de motores de arrastre, brillaban por su ausencia.
El parque de ocio
tampoco funcionó satisfactoriamente en su primera versión.
La acogida de la población sevillana al proyecto fue entusiasta,
pero aquel parque no resistía una mínima comparación
con la Exposición Universal, cuyo recuerdo estaba todavía
muy presente en la mente de los sevillanos. La adhesión inicial
al parque se transformó en frustración y aquel proyecto
de ocio tuvo que reconocer su fracaso y cerrar las puertas.
El
resurgir de cartuja 93
La crisis de Cartuja
duró tanto como el pesimismo económico internacional.
En 1998 ya se apreció un cambio importante en la tendencia. Las
empresas, muchas de ellas llegadas al Parque durante la etapa de crisis,
se fortalecían y mostraban signos de expansión, al mismo
tiempo que otras nuevas instituciones y empresas llamaban a las puertas
de Cartuja 93 con ánimo de instalarse en su recinto. La operación
del Palacio de Italia, el mayor pabellón de la Exposición
Universal, después del de España, el país anfitrión,
resultó un éxito de gran valor anímico. La Junta
de Andalucía invirtió 1.600 millones de pesetas en rehabilitarlo
y adaptarlo para que sirviera como centro de empresas. Su éxito
de mercado fue fulgurante, ya que mucho antes de abrir sus puertas ya
había sido ocupado, mientras que decenas de solicitudes se quedaban
fuera por falta despacio. Aquella bocanada de aire fresco para el Parque
Científico y Tecnológico era la pura consecuencia directa
del cambio de tendencia en la economía española y mundial.
La candidatura olímpica
de Sevilla, una ciudad ahora empeñada en lograr ser la sede de
unos Juegos Olímpicos, propició la construcción
de un moderno estadio de características olímpicas en
los terrenos de la Isla de la Cartuja, hecho que también contribuyó
a la revitalización de aquellos territorios y a incrementar su
vinculación con la ciudad.
