Niño,
no me veas qué espectáculo; la rabia que nos dio que no hubieras podido
estar allí. El teatro entero se venía abajo, todo el mundo de pie aplaudiendo
como loco, nunca había oído yo tocar las palmas de esa forma. Los nueve
allí delante saliendo una y otra vez para inclinar nuestras cabezas
sin acabar de comprenderlo bien del todo, tampoco era para tanto. ¿O
sí?
Tres
bises tuvimos que hacer antes de que el éxtasis del público remitier
a.
Te juro que aquello no era normal. ¡Si hubieses visto a los profesores
del conservatorio en la primera fila del patio de butacas aplaudiendo
a rabiar!, qué impresión. Y todavía hay críticos que se atreven a decir
que esta música no la entiende ni Dios, pues ahí tienen una muestra
de justo lo contrario, un teatro lleno a reventar delirando con nuestras
piezas, y bien sabes tú que no pudimos ensayar nada y prácticamente
el concierto entero fue una pura improvisación.
De
la cena que nos dieron después en el restaurán mejor sería no contar
nada, ¿tú qué dices? Con el hambre canina que arrastrábamos, todas las
bandejas que traían los camareros nos parecían poco. El Pedro se cogió
por su cuenta una de jamón y no le duró ni cinco minutos, yo creía que
le daba algo allí mismo. Un trago de cerveza, tres lonchas, otro trago,
otras tres, como si estuviera jugando al trabalenguas de los tres tigres
con la rubia y el de Jabugo.
Los organizadores del concierto, pobrecitos, qué ingenuos, creyendo
que no entendíamos ni mu, enseguida empezaron con la cantinela:
-Estos
alemanes están muertos de hambre, copón.
-Hablar
hablan poco pero papear papean de lo lindo...
La risa que le daba al Enrique la disimulaba como podía engullendo canapés
de dos en dos, mirando para otro lado.
¿Yo?,
¿a ver qué iba a hacer yo? O descubríamos el pastel o había que disimular
como fuera.
-Jabugueiten und cruzbirra und langostinen planch, dabuten -chapurrear
un castellano sembrado de erres larguísimas y confundir con las respuestas
a la prensa, mientras atacaba con un nerviosismo dificilillo de esconder
unos entrecotes de ternera de aquí no te menees, no se me ocurría otra
cosa mejor.
-Cuantísima generosidad con el condumio, Vírgen santa -pensaba para
mis adentros, sin poderlo traducir.
A Miguel casi que se le atasca en el gaznate un tropezón de solomillo
cuando el mismísimo alcalde abrió la boca:
-Cómo pa invitarlos a un bautizo...
Y
Agustín tampoco se pudo contener con otro comentario de los camareros,
hartos de traer bandejas que no duraban ni dos minutos llenas, y no
tuvo más remedio que soltar una carcajada en teutón que hizo temblar
las copas como si fuesen de papel.
-Reír en alemán le sale siempre muy bien al Agustín, ¿verdad?, ésa es
su facilidad con los idiomas -me dijo Pedro en un aparte, y ya no me
pude sujetar. La risa germana es bastante contagiosa, Julio.
En fin. Un regimiento entero no hubiese sido capaz de devorar lo que
los nueve hicimos desaparecer como por arte de magia en menos de una
hora. Lo que yo te diga.
Claro
que me acordaba de ti aquí custodiando a los alemanes, cómo no, y hasta
me dio un poco de pena imaginarlos bien amarrados y amordazados mientras
nosotros dinamitábamos el espectáculo en su nombre. Lo que nadie podía
sospechar es un éxito tan rotundo, más grande que el que hubieran cosechado
ellos mismos con tantísima partitura y tantísimo instrumento. Manolo
me miraba mientras interpretábamos una pieza y yo creía que me moría
de risa viéndole los pelos tan mal teñidos de rubio, ¡qué guasa!; tendrías
que haber visto la cara de berlinés de José María, haciéndolo todo tan
en serio, un artistazo del paripé José María. La leche, Julio, todo
lo que te cuente es poco.
¿Y cuántas veces os dije que el asunto colaba?
Desde
hace más de veinte años, cuando oía por las noches en Radio Nacional
aquel programa de música experimental y dodecafónica, éste había sido
mi sueño. Todavía me acuerdo del pelotazo que me dieron el concierto
para máquinas de escribir y aquellas sinfonías para la letra A que duraban
menos que el título.
Pedro
y Enrique se lanzaron también conmigo al proyecto enseguida, después
de escuchar en casa el concierto arrebatador de los campanarios de Onteniente
y la pieza de percusión para tres mesas del grupo de Thierry de Mey
y Jean Luc Plouvier, que con esos nombrecitos ya se puede... Yo solo
jamás lo habría logrado, sobre todo nuestra huelga de hambre voluntaria
durante los cuatro días previos al concierto.
Y
gracias que pudimos contar a última hora con la furgoneta del grupo
de teatro de Antonio y que no fue muy difícil sobornar al encargado
de recoger a los músicos en el aeropuerto.
Pobrecitos músicos, lo confiados que venían después del cansancio del
avión, sin saber que en lugar del hotel les esperaba este piso tuyo
tan pequeño, Julio. Yo no sé para qué traían tanto técnico, que luego
no cabían en los cuartos. Y tantas latas de esa cerveza tan negra aprovechando
los huecos de los estuches de los violines y el chelo, hombre, por Dios,
con la rubia fresquita y en salmuera que tenemos aquí...
De
acuerdo, de acuerdo, reconozcamos que para ellos esto no ha sido más
que un vulgar y torpe secuestro, pero la fama que los acompañará de
aquí en adelante bien vale la estrechez que los apretó estos días; es
de suponer que ahora no abrirán precisamente feos paraguas a la lluvia
de contratos que se les avecina, y que en adelante más bien tendrán
que dar siempre gracias a esta carambola de la casualidad y del talento.
¿Les hubiese gustado dar un paseo y ver el teatro por lo menos? Claro,
¿y a quién no?
Bueno,
el teatro..., del teatro, de la llegada al teatro, qué te puedo contar.
Íbamos temblando por si descubrían que éramos sólo nueve y los músicos
verdaderos una docena, pero nadie puso peros a la merma. Lógico: no
se puede andar la organización con chorradas cuando se está tratando
con verdaderos genios de la música y para colmo alemanes, ahora que
están tan bien las relaciones de nuestro país con los hermanos de la
nueva Europa. Quizá nos salvara también, qué sé yo, la coincidencia
del camión descargando a la vez los instrumentos más gordos, los que
se habían alquilado aquí mismo y con los que ninguno de nosotros contaba
de antemano, qué espantosa falta de previsión.
Al
Miguel le dio la risa tonta cuando vio que descargaban los dos pianos
y la mesa de sonido. A mí estuvo a punto de contagiarme cuando me dijo
al oído que lo mejor era echar a suertes los instrumentos para cada
uno, que a él le daban miedo tantas teclas así mirándolo, como un par
de bocas llenitas de dientes.
