No vivo en él
porque no puedo y, en este caso, el querer no se corresponde con el
poder porque, si pudiera lo que quisiera, allí viviría
hasta que me muriera porque uno, ¿y quién no?, a medida
que van pasando los años, se van yendo los almanaques o deshojando
incluso los lejanos otoños que todavía estén por
llegar, si es que llegan, necesita, para que ese crecer desmesurado
y tan rápido de las propias ramas del árbol de la vida
tarden lo más posible en secarse, ir aumentando sus raíces
para poder seguir dando frutos y no cabe sino anclarse en la tierra
propia de uno, la que le vio nacer, la que le vio crecer, la que le
vio tenerse que ir y la que le sigue viendo, desde siempre y para siempre,
sus deseos de volver, para no perderse en el laberinto del estrés,
en el rompecabezas de la competitividad, en el garabato de la locura
de las prisas con las que no se llega a ninguna parte y ese vivir sin
vivir en uno que la propia vida es.
Curioso, paradójico
e incierto mundo éste que nos ha tocado vivir en el que, mientras
más se tiende a la globalización, mientras más
aumenta la sensación de vértigo de la propia existencia,
más necesita uno agarrarse a sus orígenes, posiblemente
para soñar más que para vivir, no lo oculto, ese paraíso
de la niñez de cada niño que cada persona lleva siempre
dentro aunque la realidad no imite en este caso a la imaginación
y nada siga siendo como fue y, también, porque ese afán
globalizador que hablaba incluso de la aldea global, precise el contrapunto
exacto de lo mínimo para huir de lo máximo, ser lo que
uno quiso ser y no lo que los demás quisieron que fuese, no necesitar
más que lo que pueda abarcar con una mirada ni menos que aquello
que conoció desde siempre y que ya se sabe de memoria, no ya
de un pueblo, el pueblo de uno, sino de un barrio, en el que uno nació
o se siente adoptado al cautivarle el paisaje y el paisanaje.
Aguantamos la ciudad,
la de los mil ruidos, la sembrada de asfalto, regada de atascos de tráfico,
de aceras embotelladas de gentes que no se conocen, de unos ir y otros
venir sin que cada uno de nosotros mismos sepa ni adónde van
ni de dónde vienen, ni por qué ni para qué, porque
de ella vivimos y echamos de menos, aunque en él no podíamos
vivir, el viejo y querido pueblo que nos espera al fondo del horizonte,
dormido y parado en el propio lecho el tiempo para llevarnos, meciéndonos
en los brazos de la nostalgia, a la gloria de los mejores recuerdos
y rencontrarnos -"¿dónde estarán mis amigos,
mis compañeros de juego, ulén sabe dónde habrán
ido y qué hatrá sido de ellos?", como decía
la canción añeja de Alberto Cortez- con muchos de aquellos
que también tuvieiron que irse y que ahora, casi con nieve en
los aladares, muchas cicatrices de las cornadas de la vida, mucho vivido
y mucho menos, aunque quién sabe, por vivir; vuelven porque allí
están seguros de encontrar lo que buscan que no es mas que reencontrarse
a sí mismo, volver a empezar como si eso fuese posible y revivir
sobre lo vivido para recuperar, lástima que sólo pueda
ser con el pensamiento, aqueila arboleda perdida, aquel olor que no
era a magdalena de Proust sino a pan de tahona, aquella vieja casa de
patio, cocina de fogón, zócalo de azulejos, estera de
esparto en el zaguán, ropa recién lavada oreándose
en la azotea, pregones del afilador, ecos de niños jugando a
la rueda, esos buenos días o buenas tardes que todavía
se dan cuando uno se cruza por sus calles que si, que por supuesto que
la televisión ha globalizado hasta sus decires y le ha entado
en la sala de estar todo lo que n el mundo pasa y hasta lo que puea
pasan pero que no conseguirá nuna que pierda su sello eterno
de pueblo Ivo aquellos que, por cercanías a la apítal,
fagocitados por ésta por mor e la metropolización, sus
ansías por recer y su desordenado crecimiento, hayan reconvertido
en mero lugar para dormir y no vivir, consiguiendo con ello todos los
inconvenientes que la ciudad tiene y ninguna de sus ventajas al poblarse
de nuevas gentes de aluvión que los despersonalizan y sumen en
el caos vertiginoso por el que camina el mundo.
En una de las últimas
veces que fui por mi Constantina, me encontré a un matrimonio
paisano que, allá por los años sesenta, víctimas
del éxodo rural y el desarrollismo urbano, tuvieron que marcharse
a buscarse el pan a tierras lejanas, dejando una estela de lágrimas
como garbanzos en sus continuos adioses. Ya jubilados los dos, aunque
en pura adolescencia su ilusión inmarchitable, me comentaron,
al alegrarme por verlos en el pueblo, el por qué habían
vuelto desde tan lejos.
Muy fácil-me
dijo ella mientras su marido asentía de antemano sabiendo de
memoria lo que me iba decir-, al jubilarnos le dije a él: "¿Por
qué no nos volvemos al pueblo? Ya nuestros hijos son mayores,
ya no nos necesitan tanto, ya nos hemos sacrificado todo lo que hemos
podido por ellos, ¿Por qué no nos volvemos?" Y él,
dudando, aunque dudara por fuera más que por dentro, porque los
dos somos del pueblo, me contestó, ay madre, como si fuese gallego
en vez de andaluz serrano: "¿Y por qué y para qué
vamos a volver?" Y entonces, y así le convencí, le
dije: "Mira, vamos a volver porque llevo treinta años, treinta
años!, Dios mío, ¡treinta años! aquí,
yendo por las calles sin poderle decir adiós a nadie".
Al día siguiente,
hicieron las maletas, que ya no eran aquellas de madera amarradas con
guitas que llegaron a la capital en la baca del "Directo"
para ir directamente a la Estación de Córdoba a coger
el "Catalán", metieron en ellas las lágrimas
de la emoción de la vuelta tan cercana, aunque las de pena por
la ida tan lejana todavía no se le habían secado, y volvieron.