"Curioso, paradójico,
e incierto mundo
éste que nos ha
tocado
vivir en el que,
mientras más se
tiende a la
globalización, más necesita uno agarrarse
a sus orígenes"

 

 

 

 

 

 

"Aguantamos la
ciudad, la de los
mil ruidos, la
sembrada de asfalto,
de ir unos y venir
otros sin que cada
uno de nosotros
mismos sepa ni
adónde van ni
de dónde vienen,
ni por qué
ni para qué
"

 

 

 

 

 

 

 

 

o t o ñ o - i n v i e r n o. 2 0 0 2. n º 16
Volver al viejo y
querido pueblo
Manuel Ramírez

No vivo en él porque no puedo y, en este caso, el querer no se corresponde con el poder porque, si pudiera lo que quisiera, allí viviría hasta que me muriera porque uno, ¿y quién no?, a medida que van pasando los años, se van yendo los almanaques o deshojando incluso los lejanos otoños que todavía estén por llegar, si es que llegan, necesita, para que ese crecer desmesurado y tan rápido de las propias ramas del árbol de la vida tarden lo más posible en secarse, ir aumentando sus raíces para poder seguir dando frutos y no cabe sino anclarse en la tierra propia de uno, la que le vio nacer, la que le vio crecer, la que le vio tenerse que ir y la que le sigue viendo, desde siempre y para siempre, sus deseos de volver, para no perderse en el laberinto del estrés, en el rompecabezas de la competitividad, en el garabato de la locura de las prisas con las que no se llega a ninguna parte y ese vivir sin vivir en uno que la propia vida es.

Curioso, paradójico e incierto mundo éste que nos ha tocado vivir en el que, mientras más se tiende a la globalización, mientras más aumenta la sensación de vértigo de la propia existencia, más necesita uno agarrarse a sus orígenes, posiblemente para soñar más que para vivir, no lo oculto, ese paraíso de la niñez de cada niño que cada persona lleva siempre dentro aunque la realidad no imite en este caso a la imaginación y nada siga siendo como fue y, también, porque ese afán globalizador que hablaba incluso de la aldea global, precise el contrapunto exacto de lo mínimo para huir de lo máximo, ser lo que uno quiso ser y no lo que los demás quisieron que fuese, no necesitar más que lo que pueda abarcar con una mirada ni menos que aquello que conoció desde siempre y que ya se sabe de memoria, no ya de un pueblo, el pueblo de uno, sino de un barrio, en el que uno nació o se siente adoptado al cautivarle el paisaje y el paisanaje.

Aguantamos la ciudad, la de los mil ruidos, la sembrada de asfalto, regada de atascos de tráfico, de aceras embotelladas de gentes que no se conocen, de unos ir y otros venir sin que cada uno de nosotros mismos sepa ni adónde van ni de dónde vienen, ni por qué ni para qué, porque de ella vivimos y echamos de menos, aunque en él no podíamos vivir, el viejo y querido pueblo que nos espera al fondo del horizonte, dormido y parado en el propio lecho el tiempo para llevarnos, meciéndonos en los brazos de la nostalgia, a la gloria de los mejores recuerdos y rencontrarnos -"¿dónde estarán mis amigos, mis compañeros de juego, ulén sabe dónde habrán ido y qué hatrá sido de ellos?", como decía la canción añeja de Alberto Cortez- con muchos de aquellos que también tuvieiron que irse y que ahora, casi con nieve en los aladares, muchas cicatrices de las cornadas de la vida, mucho vivido y mucho menos, aunque quién sabe, por vivir; vuelven porque allí están seguros de encontrar lo que buscan que no es mas que reencontrarse a sí mismo, volver a empezar como si eso fuese posible y revivir sobre lo vivido para recuperar, lástima que sólo pueda ser con el pensamiento, aqueila arboleda perdida, aquel olor que no era a magdalena de Proust sino a pan de tahona, aquella vieja casa de patio, cocina de fogón, zócalo de azulejos, estera de esparto en el zaguán, ropa recién lavada oreándose en la azotea, pregones del afilador, ecos de niños jugando a la rueda, esos buenos días o buenas tardes que todavía se dan cuando uno se cruza por sus calles que si, que por supuesto que la televisión ha globalizado hasta sus decires y le ha entado en la sala de estar todo lo que n el mundo pasa y hasta lo que puea pasan pero que no conseguirá nuna que pierda su sello eterno de pueblo Ivo aquellos que, por cercanías a la apítal, fagocitados por ésta por mor e la metropolización, sus ansías por recer y su desordenado crecimiento, hayan reconvertido en mero lugar para dormir y no vivir, consiguiendo con ello todos los inconvenientes que la ciudad tiene y ninguna de sus ventajas al poblarse de nuevas gentes de aluvión que los despersonalizan y sumen en el caos vertiginoso por el que camina el mundo.

En una de las últimas veces que fui por mi Constantina, me encontré a un matrimonio paisano que, allá por los años sesenta, víctimas del éxodo rural y el desarrollismo urbano, tuvieron que marcharse a buscarse el pan a tierras lejanas, dejando una estela de lágrimas como garbanzos en sus continuos adioses. Ya jubilados los dos, aunque en pura adolescencia su ilusión inmarchitable, me comentaron, al alegrarme por verlos en el pueblo, el por qué habían vuelto desde tan lejos.

Muy fácil-me dijo ella mientras su marido asentía de antemano sabiendo de memoria lo que me iba decir-, al jubilarnos le dije a él: "¿Por qué no nos volvemos al pueblo? Ya nuestros hijos son mayores, ya no nos necesitan tanto, ya nos hemos sacrificado todo lo que hemos podido por ellos, ¿Por qué no nos volvemos?" Y él, dudando, aunque dudara por fuera más que por dentro, porque los dos somos del pueblo, me contestó, ay madre, como si fuese gallego en vez de andaluz serrano: "¿Y por qué y para qué vamos a volver?" Y entonces, y así le convencí, le dije: "Mira, vamos a volver porque llevo treinta años, treinta años!, Dios mío, ¡treinta años! aquí, yendo por las calles sin poderle decir adiós a nadie".

Al día siguiente, hicieron las maletas, que ya no eran aquellas de madera amarradas con guitas que llegaron a la capital en la baca del "Directo" para ir directamente a la Estación de Córdoba a coger el "Catalán", metieron en ellas las lágrimas de la emoción de la vuelta tan cercana, aunque las de pena por la ida tan lejana todavía no se le habían secado, y volvieron.