La luz es muy tenue
y el silencio del entorno es casi religioso. Todo está preparado
para comer uno de los platos más exquisitos de la gastronomía
japonesa y, sin embargo, no puedo evitar la inquietud que siento. Mi
estómago está encogido y tengo ganas de salir corriendo,
pero pongo la mejor de mis sonrisas. Mis anfitriones sonríen
solemne y amigablemente, pero no dejo de interpretar su actitud como
ligeramente siniestra. No consigo relajarme y admirar el elegante restaurante
al que me han invitado a comer el indescriptible fuguashi y me concentro
en observar el plato que tengo delante.
Dispuesto sobre
un impresionante plato de jade color verde pálido, reposa una
hermosa composición de finísimas lonchas de carne traslúcida
que componen el dibujo de un crisantemo de delicados pétalos.
Es el famoso plato de fugu de impecable y hermosa presentación.
Cada "pétalo" es distinto porque cada loncha está
colocada de un modo preciso para que contribuya a la belleza del emplatado.
Aunque obsesivamente detallado para mi gusto, debo reconocer que el
cocinero ha conseguido una composición de una gran fragilidad
y delicadeza. El plato de fuquashí que tengo delante, además
de admirablemente bello, puede resultar mortal puesto que la materia
prima de este carpaccio es de fugu; un pez que aloja en su cuerpo un
veneno quinientas veces más potente que el cianuro y cuya mala
manipulación culinaria se cobra una media de sesenta victimas
al año, sólo en Japón.
La emoción
ante un plato de fugu es incuestionable y ha inspirado a muchos poetas
a escribir melancólicas odas necrológicas sobre el tema.
Para colmo, el fuqu no actúa del mismo modo en dos personas distintas.
Una comida basada en fuqu puede resultar del todo inofensiva para una
persona mientras que a otra puede causarle la muerte de forma un tanto
desagradable. La simple idea de que nuestro compañero de comida
pueda desaparecer por debajo de la mesa -para siempre- durante la velada,
no deja de tener su toque morbosamente turbador.
La legislación
nipona de manipulación de alimentos en establecimientos públicos
obliga a los cocineros de fuqu a obtener una licencia especial que les
autoriza a practicar el difícil arte de preparar estas delicadas
recetas con esta peligrosa materia prima. Entrenan un mínimo
de tres años y deben superar varios exámenes municipales
antes de estar autorizados a preparar este pez.
La parte más
corriente para su consumo es la carne de los lomos y las aletas, ya
que trabajar con las otras piezas, consideradas a pesar de todo el culmen
de la exquisitez, requieren de gran pericia y conocimiento en su preparación.
Todos los chefs japoneses saben que si se quiere comer el hígado,
considerado el bocado más sublime, deben hervirlo varias veces.
Cada maestro atesora su particular secreto para retirar el veneno de
esta víscera aunque, para mayor seguridad, las autoridades han
prohibido su preparación en restaurantes. Aun así, muchos
clientes imploran, sobornan y amenazan para que se les sirva el manjar
prohibido.
El fuguashí
que tenía ante mí en el restaurante son las lonchas de
carne sazonadas con salsa de soja, adobadas con naranja agria y con
un toque de cebollino fresco. Es la manera más segura de comer
fugu, pero, ciertamente, no infalible. La siguiente modalidad, el fuquchírí,
es más peligrosa porque mezcla partes consideradas altamente
venenosas, como son la piel y las espinas que han estado en contacto
con las vísceras. Se trata de una sopa de verduras hecha con
la piel del pez en forma de juliana y con una reducción de caldo
a base de espinas. El riesgo de muerte con el fúguchírí
es muy alto dado que, sólo un tipo de fugu cuenta con una piel
que no es venenosa y hay que acertar con la especie inocua, tarea peliaguda
de la que no se responsabilizan ni garantizan los distribuidores. Para
rematar con perdón, todo gourmand se inclinará por terminar
con birezake. Esta delicadeza culinaria consiste en comer las aletas
de fugu previamente secadas al sol durante meses, luego tostadas y servidas
mojadas en sake caliente. Pero estas pocas recetas, aunque altamente
tóxicas, no siempre son las más mortíferas.
Este dudoso honor
le corresponde a los platos elaborados con los ovarios del pez. Para
poder servirlo con un mínimo de seguridad, se 0pta por prepararlos
en salazón dejándolos secar en salmuera durante diecisiete
o dieciocho meses. Se cree que con el paso del tiempo y con ayuda de
la sal, el veneno pierde fuerza.
El mercado del fugu
no tiene visos de expandirse fuera del entorno oriental, ya que la demanda
es siempre interna. El volumen de ventas anual es considerable y no
baja de un año para otro. Bastante reveladora es la cifra de
más de 50 millones de euros de fugu subastados al año
en mercados de Shimonoseki y Haedomarí. Todo apunta a que los
japoneses no están dispuestos a renunciar a manjar tan codiciado
y aunque en mucho menor medida, Corea también es un país
amante del fugu. Allí recibe el nombre de bok oh y lo más
habitual es prepararlo con perejil muy picado y algo de limón,
en la certeza de que este marinado neutralizará el veneno. Desgraciadamente,
el número de muertos coreanos por ingestión de fugu es
mucho mayor que en Japón. Los coreanos creen que el bok oh es
afrodisiaco lo cual no crea poco morbo en torno al tema, pero no recibe
el tratamiento ni la valoración de manjar indescriptible que
le dan los japoneses. Sólo en Japón se hace un verdadero
culto del rito de su comida.
A pesar de la evidente
carencia de belleza del fu gu, a mi juicio, y reconociendo que la madre
naturaleza obvió los más elementales principios de aerodinámica
con él, me gustaría pensar que algo bueno tiene y seguramente
es un manjar suculento. Desde luego, mis compañeros de mesa,
a la vista de sus caras de delectación, sí parecen estar
convencidos de ello.
Mientras sigo observando
mi plato con cierta aprensión, me dispongo a dar cuenta de sus
maravillosas cualidades gastronómicas. Sólo espero poder
contarlo...