Alicante es una
ciudad decididamente cosmopolita con resabios provincianos aún
babélica y suya almismo tiempo, entregada comopocas al mar y
a ese diálogo de siglos entre ellos que sigue siendo su razón
de ser.
El viajero no se
anda con retóricas. Es un hombre que apura la sustancia de las
cosas, que no pasa de largo ni renuncia al placer que desprenden los
lugares, los ámbitos rurales y urbanos que destilan algo de seducción,
de confitura para los sentid os. Y para saciar esa curiosidad no
¡ le sirven los mapas ni las guías turísticas al
uso, ni siquiera la cartografía específica o el callejero
ilustrado que numera y recoge los edificios principales, las plazas
y monumentos que conviene visitar. Al viajero le interesa sobre todo
el itinerario íntimo, el recorrido que se emprende y paladea
con sosiego, al tránsito más razonable y menos cumplido
porque, más allá del dato pintoresco o el discurso fluorescente,
busca el origen del encanto, la causa de esa explosión de sensualidades
que reverbera en las piedras, en las placitas cegadas de sol, en su
entraña arquitectónica y hasta en la vertiente humana
que configuran sus gentes, siempre heridas por una misma luz, una naturaleza
exacta y una orografía determinante y unificadora.
Por eso el viajero,
nada más pisar Alicante y patear de lado a lado su paseo de teselas
de mármol tricolor -la Explanada que discurre paralela al puerto
bajo la aliviante sombra de cientos de palmeras-, se ha sentado en la
terraza del Peret, un quiosco de refrescos con la mejor horchata del
litoral, y se dispone a esperar al lugareño que le ha de conducir,
paso a paso, por la ciudad que busca, por la urbe que ahora ruge entre
automóviles y alamedas de diseño y la otra, la disuelta
en una suerte de añoranzas que aún muestra sus vestigios,
que se resiste a perecer bajo la innoble pisada de la modernidad.
Alicante
a vista de Pájaro
No se ha hecho larga
la espera. El viajero ha distinguido a su guía entre el trasiego
de turistas que principian la Explanada. tiene aspecto de cronista malavenido
con los tiempos que corren, de personaje nostálgico que exhala
al mismo tiempo recelo y amabilidad. El viajero repara en los detalles,
en el modo en que aquél se desprende del sombrero que le cubre;
observa la mano pulcra de escribiente que extiende hacia él con
gesto hospitalario. Y es entonces cuando pactan el precio del favor:
un caldero en la isla de Tabarca a cargo del visitante antes de su partida.
Eso es todo.
No es mala opción
la de dirigirse al punto más alto de la urbe para obtener una
panorámica completa de la ciudad, del mar y hasta de las tierras
que configuran su entorno. Para ello hay que dejar la plaza del Mar
y caminar paralelos a la playa del Postiguet por el paseo de Gómiz.
A mitad del recorrido y justo al pie de la ladera oriental del monte
Benacantil, la que da al Mediterráneo, se halla la boca del túnel
que conduce a sus entrañas. Allí se toma el ascensor que
lleva hasta la cima de ese promontorio escarpado que se vislumbra en
varios kilómetros a la redonda, alzado como un signo de identidad
geográfica y un capricho de su fisonomía que descubre
en su alto peñascal el perfil de un muro cincelado por el viento
y la leyenda
También
se puede ascender por su vertiente norte remontando una cuesta empinada
y penetrar de igual modo en el castillo que corona el citado Renacantíl.
Es la fortaleza de Sande probable fundación cartaginesa e indudable
sello en la heráldica del escudo de Alicante. Su historia es
tan amplia que no permite otros pormenores que citar su papel determinante
desde la Época musulmana a la Guerra de la Independencia. Hasta
él han llegado guía y viajero para observar desde su impresionante
atalaya la lámina del mar, el laberinto de calles que se derrama
bajo sus pies, el trasiego portuario, las azoteas, los tejados, las
torres que sobresalen de la espesura urbana, las del Ayuntamiento, el
monte Tossal con los restos de otro castillo, el de San Fernando), las
cúpulas de Santa Maria y San Nicolás o la ofensa arquitectónica
de edificio que rompe la armonía el despropósito de su
altura: el Hotel Gran Sol, la Torre de los Representantes, el apartotel
Riscal y el edificio Alicante. Pero la mirada insiste en el azul y se
alivia al contemplar el litoral, la bahía que limita al norte
con el conglomerado de urbanizaciones de la Albufereta y el cabo las
Huertas, al sur, con el contorno costero que se quiebra en Santa Pola
y en su cabo tras un reguero de layas y dunas.
Es el momento de
saber que la ciudad alcanza ya los 280.000 habitantes; una población
que se duplica los veranos o en fiestas tan señaladas como la
de Les Fogueres de Sant Joan, cuando Alicante transforma su discurso
cotidiano en un derroche de color y de pólvora, de monumentos
de cartón y madera que se alzan en cualquier calle o confluencia,
en el centro urbano y en todas las barriadas para prenderle fuego la
noche del 24 de junio entre un escándalo de juegos de artificio
y pasodobles con sello propio. Es una tradición que arranca de
1928 y que alcanza ya una devastadora raigambre en la emoción
de sus gentes, entregadas al misterio purificador de una fiesta que
es arte, cultura popular y expresión de un modo de ser y de vivir
rotundamente extrovertido, generoso, inquieto siempre.
De eso hablan experto
y viajero mientras descienden y desandan la cima del castillo; y también
del nombre y del origen de la ciudad: lucí, Alone, Leukón
Teijos, Akra Leuka, Lucentum, AI-laqant, Alacant y Alicante. Términos
siempre ajustados a los avatares de la Historia, desde su remoto principio
muchos siglos atrás, cuando fue poblado ibero, municipio romano,
medina musulmana y villa cristiana, hasta su conversión en ciudad
el 26 de julio de 1490 por gracia y rúbrica de Fernando el Católico.
Urbe, pues, cristiana bajo la Corona de Castilla primero y cristiana
después, tras la intervención de Jaime I, quien la hizo
suya para el cetro de Aragón y el Reino de Valencia.
