"¿Qué es lo que
organiza este viejo
mandón, cargado de manías, perverso
y transgresor? Aclarémoslo:
Una especie de
festival
gastronómico
"

 

 

 

 

 

 

 

 

"Nunca supe si
las lágrimas eran
por la despedida
o por prescindir de aquellas fantásticas comidas y de la hospitalidad
de mi padre
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Las manías de Monsieur Le Thibout
Ignacio Maldini

Desde hace algunos años forma parte de mis costumbres, más autoimpuestas que adquiridas, un par de visitas al castillo donde se aloja mi padre. En pleno País del Loira. Una se produce a principios de otoño y otra, en primavera. Son visitas que me llenan de ansiedad, primero, y luego me inundan de satisfacción. Pero no soy el único que rinde homenaje a este viejo repleto de maní?-s al que llaman Thibout. ¿Que es lo organiza este viejo mandón, cargado de manías, cínico, perverso y transgresor? Aclarémoslo: Una especie de festival gastronómico donde cada año cambian los menús y algunos de los invitados.

La primera que apareció en mi última visita fue Khaterine de Cortinas, acompañada de su aburrido esposo. Una mujer especialmente guapa a la que yo ya conocía de festines anteriores. Aparte de su magnífico Rolls y una pequeña camioneta cargada de baúles, la acompañaba un camión. Pronto comenzaron a bajar cajas y más cajas y pronto me enteré de su contenido. Caracoles, los mejores del mundo, según la señorita Cortinas, pero de cuya procedencia no hablaba jamás por temor a que alguien le hiciera la competencia. Eran preparados con una salsa cuyos ingredientes también eran mantenidos en secreto, pero con unos resultados de tal excelencia que siempre era invitada al próximo festín.

El siguiente en aparecer era mister Turner, un tipo de buen corazón pero huraño y protestón como pocos he visto. Llegaba al castillo de mi padre con un enorme cargamento de percebes gallegos y con un camión cisterna que contenía agua del embravecido mar que azotaba las costas de aquella tierra.

Los siguientes en arribar eran los marqueses de Canales que a su cargamento de foie añadían otro que nada tenía que ver con la comida. Un gran número de bolsas de palos de golf eran descargadas de una de las camionetas, ya que este deporte de señoritos más o menos advenedizos constituía la pasión de los marquesitos. A poco de llegar se acomodaban en uno de los salones más luminosos y comenzaban una agria discusión acerca de la mejor manera de criar las ocas para obtener los mejores resultados en el foie.

Siempre sentía una gran expectación por ver la llegada de otro de los asiduos, don Alonso de Granamayor, a quien todos llamaban El Yayo. Siempre llegaba acompañado por su venerable esposa y cuatro o cinco mulatas que decía pertenecían al servicio, pero que nadie creía, ya que durante las noches don Alonso frecuentaba las habitaciones de una u otra sin respetar turno ni orden alguno: dependía del estado ánimo del viejo sinvergozón. Don Alonso llegaba con una monstrusosa carga de jamones: unos de jabugo, para los más ignorantes decía, y otros de Trevelez, sin acento, insistía, para él y para quien se apuntara con él. Un sonido renqueante de automóvil viejo llegaba desde el exterior.

No había duda, había llegado doña Guadalupe Merindades de Osuneta. Aunque llegaba acompañada de otros modernos vehículos cargados, ella siempre lo hacía en un viejo Hispano-Suiza remodelado, pero que conservaba de su época hasta los ruidos. Era una mujer especialmente guapa. Siempre con unas pequeñas bolsas debajo de sus hermosos ojos que aún la hacían más bella. Era con quien mi padre se mostraba más solícito. Nunca supimos si era porque le gustaba de veras o porque era la única mujer que llegaba sola. Yo sabía que estaba casada con un potentado ciudadano norteamericano. Un tipo apuesto y agradable que sólo había asistido una vez a los festines de mi progenitor. Doña Guadalupe ofrecía y dirigía un menú distinto cada vez y del cual yo guardo un gratísimo y dulce recuerdo. El único condimento que permanecía inalterable era el pimentón de la Vera (Extremadura). Era una mujer a la que yo miraba subrebticiamente esperando encontrar algún gesto que me proporcionara pistas sobre su auténtica personalidad, pero era inmutable y seria. No obstante en algunas noches me parecía oír su pícara sonrisa. Nunca averigüe de qué habitación procedía.

En el día final de aquellas gastronómicas vacaciones mi padre ofrecía un menú de la zona. Era el día de la fiesta de despedida. El jolgorio comenzaba a las 12 de la mañana. Recuerdo que se ponían a la gigantesca mesa cantidades ingentes de pescado de los ríos vecinos, por ejemplo, filet de sandre, (lucio), salmón aromatizado con acedera, brema rellena y anguila suavizada con un vino añejo que mi padre guardaba para la ocasión. También se servían unos pequeños peces fritos: la friture de la Loire. Después había carnes y recuerdo, entre ellas, faisanes, gallina de Guinea, paloma, pato y codorniz, así como jabalí y venado. Todo ello se servía con originales salsas. Recuerdo una especialmente gustosa elaborada a base de champiñón, que también le gustaba mucho a Khaterine de Cortinas. Una de las cosas que más me agaradaba eran unos espárragos, de Vineuil me decía mi padre, y que acompañados de vinagreta hecha con aceite de nuez, eran una especialidad local. Como postres se solía poner a la mesa ciruelas, las famosas reines Claudes (así llamadas en honor de la esposa de Francisco 1), y tarta tatin (tarta de manzana sabrosísima). Se servía también un queso de cabra que a mí me parecía delicioso: el crotin de Chavignol.

Al día siguiente todos se iban. Algunos con lágrimas en los ojos. Nunca supe si era producto de la emoción de la despedida o si era una invasión de tristeza por tener que prescindir de aquellas fantásticas comidas y de la hospitalidad de mi padre. Nuestra amiga Khaterine aún permanecía dos o tres días más con nosotros. Cuando regresaba mi madre, cinco días después de finalizados los festejos, todo volvía a la normalidad. Yo me iría una semana más tarde. Pero siempre vuelvo en cuanto tengo ocasión. Mi madre viaja mucho y alguien tiene que soportar al maniático de Monsieur Le Thibout. Además siempre espero con ansiedad el próximo festín.