Desde hace algunos
años forma parte de mis costumbres, más autoimpuestas
que adquiridas, un par de visitas al castillo donde se aloja mi padre.
En pleno País del Loira. Una se produce a principios de otoño
y otra, en primavera. Son visitas que me llenan de ansiedad, primero,
y luego me inundan de satisfacción. Pero no soy el único
que rinde homenaje a este viejo repleto de maní?-s al que llaman
Thibout. ¿Que es lo organiza este viejo mandón, cargado
de manías, cínico, perverso y transgresor? Aclarémoslo:
Una especie de festival gastronómico donde cada año cambian
los menús y algunos de los invitados.
La primera que apareció
en mi última visita fue Khaterine de Cortinas, acompañada
de su aburrido esposo. Una mujer especialmente guapa a la que yo ya
conocía de festines anteriores. Aparte de su magnífico
Rolls y una pequeña camioneta cargada de baúles, la acompañaba
un camión. Pronto comenzaron a bajar cajas y más cajas
y pronto me enteré de su contenido. Caracoles, los mejores del
mundo, según la señorita Cortinas, pero de cuya procedencia
no hablaba jamás por temor a que alguien le hiciera la competencia.
Eran preparados con una salsa cuyos ingredientes también eran
mantenidos en secreto, pero con unos resultados de tal excelencia que
siempre era invitada al próximo festín.
El siguiente en
aparecer era mister Turner, un tipo de buen corazón pero huraño
y protestón como pocos he visto. Llegaba al castillo de mi padre
con un enorme cargamento de percebes gallegos y con un camión
cisterna que contenía agua del embravecido mar que azotaba las
costas de aquella tierra.
Los siguientes en
arribar eran los marqueses de Canales que a su cargamento de foie añadían
otro que nada tenía que ver con la comida. Un gran número
de bolsas de palos de golf eran descargadas de una de las camionetas,
ya que este deporte de señoritos más o menos advenedizos
constituía la pasión de los marquesitos. A poco de llegar
se acomodaban en uno de los salones más luminosos y comenzaban
una agria discusión acerca de la mejor manera de criar las ocas
para obtener los mejores resultados en el foie.
Siempre sentía
una gran expectación por ver la llegada de otro de los asiduos,
don Alonso de Granamayor, a quien todos llamaban El Yayo. Siempre llegaba
acompañado por su venerable esposa y cuatro o cinco mulatas que
decía pertenecían al servicio, pero que nadie creía,
ya que durante las noches don Alonso frecuentaba las habitaciones de
una u otra sin respetar turno ni orden alguno: dependía del estado
ánimo del viejo sinvergozón. Don Alonso llegaba con una
monstrusosa carga de jamones: unos de jabugo, para los más ignorantes
decía, y otros de Trevelez, sin acento, insistía, para
él y para quien se apuntara con él. Un sonido renqueante
de automóvil viejo llegaba desde el exterior.
No había
duda, había llegado doña Guadalupe Merindades de Osuneta.
Aunque llegaba acompañada de otros modernos vehículos
cargados, ella siempre lo hacía en un viejo Hispano-Suiza remodelado,
pero que conservaba de su época hasta los ruidos. Era una mujer
especialmente guapa. Siempre con unas pequeñas bolsas debajo
de sus hermosos ojos que aún la hacían más bella.
Era con quien mi padre se mostraba más solícito. Nunca
supimos si era porque le gustaba de veras o porque era la única
mujer que llegaba sola. Yo sabía que estaba casada con un potentado
ciudadano norteamericano. Un tipo apuesto y agradable que sólo
había asistido una vez a los festines de mi progenitor. Doña
Guadalupe ofrecía y dirigía un menú distinto cada
vez y del cual yo guardo un gratísimo y dulce recuerdo. El único
condimento que permanecía inalterable era el pimentón
de la Vera (Extremadura). Era una mujer a la que yo miraba subrebticiamente
esperando encontrar algún gesto que me proporcionara pistas sobre
su auténtica personalidad, pero era inmutable y seria. No obstante
en algunas noches me parecía oír su pícara sonrisa.
Nunca averigüe de qué habitación procedía.
En el día
final de aquellas gastronómicas vacaciones mi padre ofrecía
un menú de la zona. Era el día de la fiesta de despedida.
El jolgorio comenzaba a las 12 de la mañana. Recuerdo que se
ponían a la gigantesca mesa cantidades ingentes de pescado de
los ríos vecinos, por ejemplo, filet de sandre, (lucio), salmón
aromatizado con acedera, brema rellena y anguila suavizada con un vino
añejo que mi padre guardaba para la ocasión. También
se servían unos pequeños peces fritos: la friture de la
Loire. Después había carnes y recuerdo, entre ellas, faisanes,
gallina de Guinea, paloma, pato y codorniz, así como jabalí
y venado. Todo ello se servía con originales salsas. Recuerdo
una especialmente gustosa elaborada a base de champiñón,
que también le gustaba mucho a Khaterine de Cortinas. Una de
las cosas que más me agaradaba eran unos espárragos, de
Vineuil me decía mi padre, y que acompañados de vinagreta
hecha con aceite de nuez, eran una especialidad local. Como postres
se solía poner a la mesa ciruelas, las famosas reines Claudes
(así llamadas en honor de la esposa de Francisco 1), y tarta
tatin (tarta de manzana sabrosísima). Se servía también
un queso de cabra que a mí me parecía delicioso: el crotin
de Chavignol.
Al día siguiente
todos se iban. Algunos con lágrimas en los ojos. Nunca supe si
era producto de la emoción de la despedida o si era una invasión
de tristeza por tener que prescindir de aquellas fantásticas
comidas y de la hospitalidad de mi padre. Nuestra amiga Khaterine aún
permanecía dos o tres días más con nosotros. Cuando
regresaba mi madre, cinco días después de finalizados
los festejos, todo volvía a la normalidad. Yo me iría
una semana más tarde. Pero siempre vuelvo en cuanto tengo ocasión.
Mi madre viaja mucho y alguien tiene que soportar al maniático
de Monsieur Le Thibout. Además siempre espero con ansiedad el
próximo festín.