Los viajes representan
una de las supersticiones más prestigiosas del espíritu
humano, desde los tiempos de los éxodos bíblicos, poco
más o menos, hasta la era de los astronautas, pasando por Ulises
y por Marco Polo. Se piensa que el hecho de ir de aquÍ para allá
nos enriquece, nos amplía el pensamiento, nos colma la memoria
de esplendores. Incluso aceptamos el llamado "jet-lag" como
una fase ascética ineludible que prologa el disfrute místico
de los museos y de las ruinas aztecas, por así decir.
Cuando viajamos,
lo hacemos convencidos de que estamos aprendiendo, aprendiendo algo
difícil de concretar, algo de esencia abstracta, pero aprendiendo
al fin y al cabo, y, cuando nos vemos en casa cautivos, envidiamos de
manera instintiva al viajero, así vaya no más lejos de
Lebrija, y no digamos si su destino es Cancún o Mindanao, donde
seguro que tantas cosas hay pendientes de aprendizaje por parte de quien
las ignora.
El prestigio didáctico
de los viajes se acrecienta a medida que aumentan los kilómetros
entre el punto de partida y el de llegada: cuanto más lejos se
va uno, más cosas piensa que va a aprender, como si la sabiduría
fuese un tesoro enterrado en las chimbambas exóticas.
De todas formas,
basta con subirse a un taxi para ir de Murcia a Alicante, como hice
yo hace un par de semanas, para aprender nada menos que el método
infalible para ahuyentar tormentas.
El caso es que,
hablando por hablar, el taxista escoró nuestra conversación
evanescente hacia un tema muy murciano: la sequía, que de manera
tan áspera se manifiesta en aquella novedosa comunidad autónoma
de tradición huertanao "...Ahora bien, en esto de la lluvia
hay también mucha política", me aseguró el
taxista con aplomo, y confieso que esa revelación misteriosa
me dejó al pronto descolocado, pues nunca había sospechado
yo que el largo brazo de la política llegara tan alto: a las
mismÍsimas nubes. "Como lo oye, mucha política",
insistió el taxista, y me ofreció la siguiente explicación:
"AquÍ, los primeros interesados en que no llueva son los
hortelanos, porque la lluvia lo único que les trae es perjuicio.
(¿?) Claro que sí: perjuicio. Si llueve, crecen las malas
hierbas alrededor de los frutales, y entonces tienen que gastarse un
dineral en herbicidas y en peonadas, ¿comprende? Si cae granizo,
se carga la flor o la fruta. Si la lluvia viene torrencial, se lleva
por delante los árboles. Así que prefieren el sistema
de riego por goteo...Y detrás de todo eso está el asunto
de las avionetas clandestinas.. . (¿?) Sí, unas avionetas
de fumigación que llenan con un líquido nuevo que han
inventado para ahuyentar las tormentas. (¿?) Como lo oye: sobrevuelan
de noche la tormenta, sueltan el líquido y desvían la
tormenta al mar o a los pueblos, según le dé al piloto.
Por eso la lluvia moderna es tan pegajosa, que parece clara de huevo.
La Guardia Civil anda detrás del asunto de las avionetas clandestinas,
pero nunca puede pilIarIas in fraganti, porque los pilotos dicen que
vienen de fumigar".
A los pocos días
de aquello, fui instruido de manera sólida en la verdadera causa
del 90% de los accidentes de tráfico, por un lado, y en el secreto
de la vida en el planeta Marte, por otro.
El caso es que me
subí a otro taxi para ir de Torremolinos a Málaga (los
taxis, como habrán sospechado, forman parte de mi vida, porque
no tengo carné de conducir) y, a la altura de una rotonda laberíntica,
ante la maniobra heterodoxa que llevó a cabo un conductor de
pelo rubio en su tonalidad más centroeuropea, el taxista no pudo
contenerse y, tras pasar revista a varios familiares difuntos del rubio
en cuestión, me abrió su corazón para revelarme
lo siguiente: "Digan lo que digan los políticos, del 90%
de los accidentes de tráfico tienen la culpa estos turistas que,
nada más llegar, en vez de coger un taxi, alquilan un coche en
el mismo aeropuerto y se lanzan a conducir a lo loco, sin saber siquiera
por dónde van. Muchos se pasan el día entero dando vueltas
por ahí, buscando el hotel, y al final tienen que llamar a un
taxista para que los guíe, pero, ¿sabe usted lo que le
digo?, que conmigo no cuenten, porque igual me pegan un topetazo por
detrás, de lo mal que conducen". Y ya luego me comentó
una circunstancia pavorosa: los centenares de ataúdes de turistas
rubios que salen cada año del aeropuerto de Málaga con
destino a sus remotos países de origen, turistas rubios y temerarios
que no cogieron taxis y que se lanzaron a las confusas carreteras costasolares
con un coche de alquiler y con un plano inextricable en la guantera.
Pero ¿qué
hay de la vida en Marte? Bien, anteayer mismo me hallaba revolviendo
volúmenes en una librería anticuaria de Valladolid cuando
escuchéla siguiente revelación exclusiva que le hizo un
cliente con aire de jubilado a la librera, que a su vez tenía
aspecto de haberse jubilado tres o cuatro veces: "La ciencia está
muy equivocada con lo de Marte, doña Nati, se lo digo yo a usted.
Han mandado allí la máquina esa para que haga fotos y
nos hemos hartado de ver piedras, porque son fotos de superficie. Y
ahí está el error, porque los marcianos viven escondidos
en cuevas, igual que nosotros en los tiempos prehistóricos, porque
el sol quemaba entonces mucho. Seguro que los marcianos vinieron en
esa época a la tierra y se fueron convencidos de que era un planeta
deshabitado, porque no vieron a nadie, ¿me comprende?" Y
doña Nati asintió con fatalidad: "Seguro, pero como
aquí no se entera una de nada..."
En fin, que el hecho
de viajar supone una fuente de sabiduría abstracta inagotable,
qué duda cabe de eso. Así que, en cuanto salgan ustedes
a cualquier sitio del planeta, peguen la oreja y háganse un poco
más sabios, aunque sea por la vía del estupor.