"Los viajes representan
una de las
supersticiones
mas prestigiosas del espíritu humano
"

 

 

 

 

 

 

 

 

"Cuanto más lejos se
va uno, mas cosas
piensa que va a
aprender,
como si la sabiduría
fuese un tesoro
enterrado en las chimbambas
"

 

 

 

2 0 0 5. n º 2 0

Viajes didácticos
Felipe Benítez Reyes

Los viajes representan una de las supersticiones más prestigiosas del espíritu humano, desde los tiempos de los éxodos bíblicos, poco más o menos, hasta la era de los astronautas, pasando por Ulises y por Marco Polo. Se piensa que el hecho de ir de aquÍ para allá nos enriquece, nos amplía el pensamiento, nos colma la memoria de esplendores. Incluso aceptamos el llamado "jet-lag" como una fase ascética ineludible que prologa el disfrute místico de los museos y de las ruinas aztecas, por así decir.

Cuando viajamos, lo hacemos convencidos de que estamos aprendiendo, aprendiendo algo difícil de concretar, algo de esencia abstracta, pero aprendiendo al fin y al cabo, y, cuando nos vemos en casa cautivos, envidiamos de manera instintiva al viajero, así vaya no más lejos de Lebrija, y no digamos si su destino es Cancún o Mindanao, donde seguro que tantas cosas hay pendientes de aprendizaje por parte de quien las ignora.

El prestigio didáctico de los viajes se acrecienta a medida que aumentan los kilómetros entre el punto de partida y el de llegada: cuanto más lejos se va uno, más cosas piensa que va a aprender, como si la sabiduría fuese un tesoro enterrado en las chimbambas exóticas.

De todas formas, basta con subirse a un taxi para ir de Murcia a Alicante, como hice yo hace un par de semanas, para aprender nada menos que el método infalible para ahuyentar tormentas.

El caso es que, hablando por hablar, el taxista escoró nuestra conversación evanescente hacia un tema muy murciano: la sequía, que de manera tan áspera se manifiesta en aquella novedosa comunidad autónoma de tradición huertanao "...Ahora bien, en esto de la lluvia hay también mucha política", me aseguró el taxista con aplomo, y confieso que esa revelación misteriosa me dejó al pronto descolocado, pues nunca había sospechado yo que el largo brazo de la política llegara tan alto: a las mismÍsimas nubes. "Como lo oye, mucha política", insistió el taxista, y me ofreció la siguiente explicación: "AquÍ, los primeros interesados en que no llueva son los hortelanos, porque la lluvia lo único que les trae es perjuicio. (¿?) Claro que sí: perjuicio. Si llueve, crecen las malas hierbas alrededor de los frutales, y entonces tienen que gastarse un dineral en herbicidas y en peonadas, ¿comprende? Si cae granizo, se carga la flor o la fruta. Si la lluvia viene torrencial, se lleva por delante los árboles. Así que prefieren el sistema de riego por goteo...Y detrás de todo eso está el asunto de las avionetas clandestinas.. . (¿?) Sí, unas avionetas de fumigación que llenan con un líquido nuevo que han inventado para ahuyentar las tormentas. (¿?) Como lo oye: sobrevuelan de noche la tormenta, sueltan el líquido y desvían la tormenta al mar o a los pueblos, según le dé al piloto. Por eso la lluvia moderna es tan pegajosa, que parece clara de huevo. La Guardia Civil anda detrás del asunto de las avionetas clandestinas, pero nunca puede pilIarIas in fraganti, porque los pilotos dicen que vienen de fumigar".

A los pocos días de aquello, fui instruido de manera sólida en la verdadera causa del 90% de los accidentes de tráfico, por un lado, y en el secreto de la vida en el planeta Marte, por otro.

El caso es que me subí a otro taxi para ir de Torremolinos a Málaga (los taxis, como habrán sospechado, forman parte de mi vida, porque no tengo carné de conducir) y, a la altura de una rotonda laberíntica, ante la maniobra heterodoxa que llevó a cabo un conductor de pelo rubio en su tonalidad más centroeuropea, el taxista no pudo contenerse y, tras pasar revista a varios familiares difuntos del rubio en cuestión, me abrió su corazón para revelarme lo siguiente: "Digan lo que digan los políticos, del 90% de los accidentes de tráfico tienen la culpa estos turistas que, nada más llegar, en vez de coger un taxi, alquilan un coche en el mismo aeropuerto y se lanzan a conducir a lo loco, sin saber siquiera por dónde van. Muchos se pasan el día entero dando vueltas por ahí, buscando el hotel, y al final tienen que llamar a un taxista para que los guíe, pero, ¿sabe usted lo que le digo?, que conmigo no cuenten, porque igual me pegan un topetazo por detrás, de lo mal que conducen". Y ya luego me comentó una circunstancia pavorosa: los centenares de ataúdes de turistas rubios que salen cada año del aeropuerto de Málaga con destino a sus remotos países de origen, turistas rubios y temerarios que no cogieron taxis y que se lanzaron a las confusas carreteras costasolares con un coche de alquiler y con un plano inextricable en la guantera.

Pero ¿qué hay de la vida en Marte? Bien, anteayer mismo me hallaba revolviendo volúmenes en una librería anticuaria de Valladolid cuando escuchéla siguiente revelación exclusiva que le hizo un cliente con aire de jubilado a la librera, que a su vez tenía aspecto de haberse jubilado tres o cuatro veces: "La ciencia está muy equivocada con lo de Marte, doña Nati, se lo digo yo a usted. Han mandado allí la máquina esa para que haga fotos y nos hemos hartado de ver piedras, porque son fotos de superficie. Y ahí está el error, porque los marcianos viven escondidos en cuevas, igual que nosotros en los tiempos prehistóricos, porque el sol quemaba entonces mucho. Seguro que los marcianos vinieron en esa época a la tierra y se fueron convencidos de que era un planeta deshabitado, porque no vieron a nadie, ¿me comprende?" Y doña Nati asintió con fatalidad: "Seguro, pero como aquí no se entera una de nada..."

En fin, que el hecho de viajar supone una fuente de sabiduría abstracta inagotable, qué duda cabe de eso. Así que, en cuanto salgan ustedes a cualquier sitio del planeta, peguen la oreja y háganse un poco más sabios, aunque sea por la vía del estupor.