"Si hay un placer
que abre a diario
la puerta a
la creación, ese es
comer y beber"

 

 

 

 

 

 

 

 

 

"Charo había cumplido los setenta
dispuesta a disfrutar
lo que la vida
le pusiera por delante, aunque sólo fuera
un crucigrama
y un botellín de Cruzcampo"

 

 

 

 

 

 

 

 

2 0 0 6. n º 2 1

Cuetión de fidelidad
Isabel González Turmo

No hay placer más fiel que comer y beber. Cuando pienso en ello, no puedo dejar de recordar a Charo Rubio. Charo bebía dos botellines a medio día y dos por la noche. Así durante cuarenta y nueve años, en invierno y en verano. Siempre Cruzcampo y muy helada. Cuestión de fidelidad.

Tan bien conocían su afición la familia y los amigos que, allí donde anunciaba su visita, metían dos botellines en el congelador. Su madre no necesitaba el anuncio: como Charo iba todas las tardes a verla, hacía años que los botellines habían ganado en propiedad la balda más fresca de la nevera. Cuestión de fidelidad.

En su casa tenían asignadas dos baldas. La reposición de las cajas era tarea de Ernesto, su marido. No es que Ernesto fuera un marido atento y diligente. Más bien al contrario: llegaba a casa cuando quería y siempre dispuesto a ser servido; comía sólo caldo, pechuga, jamón y mojama; y se gastaba un buen pico del sueldo en vestir. A Charo le traía de vez en cuando un corte de tela para que la costurera le hiciera un camisero. Otro pico se le iba en copas y amantes. Nadie supo nunca si Charo conocía sus infidelidades. Probablemente sí, pero hacía tiempo que había aprendido a componer su vida con lo que la hacía feliz. Cuestión de fidelidad.

Ernesto reponía las cajas cada mes. Dos cajas le duraban a Charo treinta días y siempre sobraba algún botellín. Iba los primeros viernes de mes, una fecha que nunca olvidaba. El portero cargaba las cajas en el maletero y un peón del almacén de bebidas las cambiaba por las llenas. Él se tomaba, mientras tanto, una copa en el bodegón de al lado. No le gustaba coger peso.

Charo se había empeñado, desde que se casaron, en que comprara los botellines en el almacén que había a pocos metros de la fábrica de Cruzcampo. Poco importaron los comentarios jocosos de Ernesto: ¡No era acaso la misma cerveza del bar de la esquina! No. No para Charo. Quería aquella. Era el único asunto donde imponía su voluntad y no estaba dispuesta a ceder. Quería su cerveza: tocarla, olerla y beberla cada día. Cuestión de fidelidad.

No es fácil abrazar una fuente de placer que sobreviva al tiempo, que responda, siempre atenta y fiel a la llamada. Se atesoran objetos, afectos, pasiones, gustos... Uno a uno son traicionados. En realidad, no lo son. No son ellos los que nos abandonan: somos nosotros quienes dejamos de alimentarlos. Para mantener su presencia, su latido, bastaría con buscar en la fuente que los vio brotar: los sentidos, la mente, la voluntad... Mantener vivo el placer requiere el esfuerzo de la creación, el arranque del que imagina y elabora una bebida, del que cocina, del que bebe y del que come. Lo contrario es adicción, consumo inmisericorde. Pero, a veces, resulta más fácil sentirse traicionado que reinventar lo que nos mantiene vivos, del mismo modo que puede ser más llano el camino de lo impuesto que el de lo elegido.

Si hay un placer que abre a diario la puerta a la creación, ese es comer y beber. No sólo es el primer y último placer de la vida, aquel que abre el puño del niño y despierta la sonrisa del viejo, cuando el dinero y el sexo apenas le dan ya alegrías. La alimentación, por necesaria y cotidiana, es además la más personal e intransferible forma de disfrutar. Poco importa que seamos ricos o pobres, instruidos o analfabetos, hombres o mujeres, jóvenes o viejos. El gusto del paladar es siempre genuino. No hace falta argumentar para defenderlo. No es más legítimo el de una persona que el de otra. Cada cual puede proclamar su gusto, sin necesidad de ser un experto o un entendido. Es cercano. Es fiel. Es permanente.

Por eso se perpetúa, cuando otros abandonan. Los objetos se pierden o pasan de moda. Los afectos se diluyen en el olvido. Las pasiones se queman en su vehemencia. El gusto por el arte y el afán de belleza deben ser racionalizados. Pero el placer de comer y beber se ofrece día a día, incuso cuando escasean los alimentos. Sin faltar a la cita, renueva nuestro organismo y nutre el reducto más íntimo de nuestra identidad. Quizá por eso el placer no acaba en el paladar: se prolonga cada vez que, en un bocado o en un sorbo, se interpreta la memoria, se reconoce el mundo, se percibe el ritmo del cuerpo, se confirma la vida... porque, a fin de cuentas, no hay placer más rotundo que constatar que estamos vivos.

Charo Rubio fue envejeciendo dulcemente durante sus cuarenta y nueve años de casada. Había cumplido los setenta, pero se sentía bien, dispuesta a disfrutar lo que la vida le pusiera por delante, aunque sólo fuera un crucigrama y un botellín de Cruzcampo. Uno detrás de otro, hasta dos. No más. Ernesto se había jubilado unos meses antes. No tenía ya sueldo ni fortaleza para amantes, pero no quería salir solo, así que tiraba cada tarde de Charo. Ella prefería quedarse en casa, pero terminaba acompañándolo.
Ernesto murió de un infarto días antes de hacer el año de jubilado. En los últimos meses, había contado cada día los botellines que su mujer bebía, convencido de que algún día la cogería rebasando su cota diaria: dos a medio día y dos por la noche. Pero no: nunca encontró más de cuatro nuevos botellines vacíos.

A Charo le hubiera gustado celebrar sus bodas de oro, pero no pudo ser. Se contentó con el spider, un solitario para jugar en el ordenador. No imaginaba mayor placer que agotar las cartas y beberse un botellín. En su casa, ya no había botellines del almacén de Cruzcampo: se los subían del bar de la esquina. En realidad, siempre supo que sabían igual. Tampoco bebía cuatro botellines diarios, sino uno y uno: dos. justo los que quería. De eso se trataba.

Rozar con los labios la frágil espuma, ensanchar el tiempo, contemplar el inquieto movimiento del gas, perseguir un sueño, reconocer un sabor, recorrer el camino elegido... Cuestión de fidelidad.