No hay placer más
fiel que comer y beber. Cuando pienso en ello, no puedo dejar de recordar
a Charo Rubio. Charo bebía dos botellines a medio día
y dos por la noche. Así durante cuarenta y nueve años,
en invierno y en verano. Siempre Cruzcampo y muy helada. Cuestión
de fidelidad.
Tan bien conocían
su afición la familia y los amigos que, allí donde anunciaba
su visita, metían dos botellines en el congelador. Su madre no
necesitaba el anuncio: como Charo iba todas las tardes a verla, hacía
años que los botellines habían ganado en propiedad la
balda más fresca de la nevera. Cuestión de fidelidad.
En su casa tenían
asignadas dos baldas. La reposición de las cajas era tarea de
Ernesto, su marido. No es que Ernesto fuera un marido atento y diligente.
Más bien al contrario: llegaba a casa cuando quería y
siempre dispuesto a ser servido; comía sólo caldo, pechuga,
jamón y mojama; y se gastaba un buen pico del sueldo en vestir.
A Charo le traía de vez en cuando un corte de tela para que la
costurera le hiciera un camisero. Otro pico se le iba en copas y amantes.
Nadie supo nunca si Charo conocía sus infidelidades. Probablemente
sí, pero hacía tiempo que había aprendido a componer
su vida con lo que la hacía feliz. Cuestión de fidelidad.
Ernesto reponía
las cajas cada mes. Dos cajas le duraban a Charo treinta días
y siempre sobraba algún botellín. Iba los primeros viernes
de mes, una fecha que nunca olvidaba. El portero cargaba las cajas en
el maletero y un peón del almacén de bebidas las cambiaba
por las llenas. Él se tomaba, mientras tanto, una copa en el
bodegón de al lado. No le gustaba coger peso.
Charo se había
empeñado, desde que se casaron, en que comprara los botellines
en el almacén que había a pocos metros de la fábrica
de Cruzcampo. Poco importaron los comentarios jocosos de Ernesto: ¡No
era acaso la misma cerveza del bar de la esquina! No. No para Charo.
Quería aquella. Era el único asunto donde imponía
su voluntad y no estaba dispuesta a ceder. Quería su cerveza:
tocarla, olerla y beberla cada día. Cuestión de fidelidad.
No es fácil
abrazar una fuente de placer que sobreviva al tiempo, que responda,
siempre atenta y fiel a la llamada. Se atesoran objetos, afectos, pasiones,
gustos... Uno a uno son traicionados. En realidad, no lo son. No son
ellos los que nos abandonan: somos nosotros quienes dejamos de alimentarlos.
Para mantener su presencia, su latido, bastaría con buscar en
la fuente que los vio brotar: los sentidos, la mente, la voluntad...
Mantener vivo el placer requiere el esfuerzo de la creación,
el arranque del que imagina y elabora una bebida, del que cocina, del
que bebe y del que come. Lo contrario es adicción, consumo inmisericorde.
Pero, a veces, resulta más fácil sentirse traicionado
que reinventar lo que nos mantiene vivos, del mismo modo que puede ser
más llano el camino de lo impuesto que el de lo elegido.
Si hay un placer
que abre a diario la puerta a la creación, ese es comer y beber.
No sólo es el primer y último placer de la vida, aquel
que abre el puño del niño y despierta la sonrisa del viejo,
cuando el dinero y el sexo apenas le dan ya alegrías. La alimentación,
por necesaria y cotidiana, es además la más personal e
intransferible forma de disfrutar. Poco importa que seamos ricos o pobres,
instruidos o analfabetos, hombres o mujeres, jóvenes o viejos.
El gusto del paladar es siempre genuino. No hace falta argumentar para
defenderlo. No es más legítimo el de una persona que el
de otra. Cada cual puede proclamar su gusto, sin necesidad de ser un
experto o un entendido. Es cercano. Es fiel. Es permanente.
Por eso se perpetúa,
cuando otros abandonan. Los objetos se pierden o pasan de moda. Los
afectos se diluyen en el olvido. Las pasiones se queman en su vehemencia.
El gusto por el arte y el afán de belleza deben ser racionalizados.
Pero el placer de comer y beber se ofrece día a día, incuso
cuando escasean los alimentos. Sin faltar a la cita, renueva nuestro
organismo y nutre el reducto más íntimo de nuestra identidad.
Quizá por eso el placer no acaba en el paladar: se prolonga cada
vez que, en un bocado o en un sorbo, se interpreta la memoria, se reconoce
el mundo, se percibe el ritmo del cuerpo, se confirma la vida... porque,
a fin de cuentas, no hay placer más rotundo que constatar que
estamos vivos.
Charo Rubio fue envejeciendo dulcemente durante sus cuarenta y nueve
años de casada. Había cumplido los setenta, pero se sentía
bien, dispuesta a disfrutar lo que la vida le pusiera por delante, aunque
sólo fuera un crucigrama y un botellín de Cruzcampo. Uno
detrás de otro, hasta dos. No más. Ernesto se había
jubilado unos meses antes. No tenía ya sueldo ni fortaleza para
amantes, pero no quería salir solo, así que tiraba cada
tarde de Charo. Ella prefería quedarse en casa, pero terminaba
acompañándolo.
Ernesto murió de un infarto días antes de hacer el año
de jubilado. En los últimos meses, había contado cada
día los botellines que su mujer bebía, convencido de que
algún día la cogería rebasando su cota diaria:
dos a medio día y dos por la noche. Pero no: nunca encontró
más de cuatro nuevos botellines vacíos.
A Charo le hubiera gustado celebrar sus bodas de oro, pero no pudo ser.
Se contentó con el spider, un solitario para jugar en el ordenador.
No imaginaba mayor placer que agotar las cartas y beberse un botellín.
En su casa, ya no había botellines del almacén de Cruzcampo:
se los subían del bar de la esquina. En realidad, siempre supo
que sabían igual. Tampoco bebía cuatro botellines diarios,
sino uno y uno: dos. justo los que quería. De eso se trataba.
Rozar con los labios la frágil espuma, ensanchar el tiempo, contemplar
el inquieto movimiento del gas, perseguir un sueño, reconocer
un sabor, recorrer el camino elegido... Cuestión de fidelidad.