Cáceres
está llena de proyectos ilusionados y de ciudadanos tranquilos:
no abundan los multimillonarios, pero la nómina
mensual parece segura. La ciudad medieval les llena de orgullo
y se entretienen saliendo a la calle para verse y tomar unas cañitas.
En primavera, se multiplica la diversión y el resto del año,
se apura la vida aceptando sus reglas, sin agobios..
Cáceres tiene
una población real de 100.000 habitantes. De ellos, 90.000 están
censados y 10.000 son estudiantes que flotan: llegan el lunes y se van
el viernes. Ese 10% de estudiantes que van y vienen marca la cotidianeidad
de una ciudad cuyo objetivo fundamental parece ser disfrutar de la vida.
Pero el resto de la población, aunque no flote ni estudie, también
está marcada por el mismo estigma: saborear cada minuto. Para
entender Cáceres, es preciso saber que el 60% de la población
depende de una u otra manera de un sueldo público y el resto
presta servicios a ese 60% y a un turismo cada vez más importante.
En Cáceres sólo hay dos industrias que superen los 200
empleados y no existe el temor de grandes tragedias laborales ni quita
el sueño el futuro: no abundan los multimillonarios, pero se
sabe que nunca faltará el sueldo a final de mes. Dice el escritor
extremeño Luis Landero que para ser razonablemente felices, "lo
primero es aceptar las reglas de la vida".
Pues así
son los cacereños: apuran la vida tal como viene, sin perder
la compostura, se conforman, contemplan la existencia sin prisas ni
agobios, hacen suya la máxima de Goethe: "La felicidad consiste
en limitarse".
Cáceres es
una ciudad feliz que combate su condición periférica y
desheredada (no tiene Ave, no posee tejido industrial, es la capital
de provincia más poblada sin autovía, no tiene aeropuerto)
con proyectos y vertiéndose al exterior, saliendo a la calle,
pero no para reivindicar, sino para divertirse. Cáceres aspira
a ser capital europea de la cultura en 2016, se anuncia la llegada inminente
de dos autovías y de El Corte Inglés, se asegura que dentro
de cinco años el Ave se detendrá en una nueva estación
de ferrocarril, se baraja un incipiente proyecto de pequeño aeropuerto
y en diez años se ha pasado de contar con dos hoteles de tres
estrellas a tener siete de cuatro y otros seis en ciernes de cuatro
y cinco estrellas. Aunque ese estado de felicidad colectiva que el visitante
palpa en cuanto llega a Cáceres no viene tanto de la mano de
los proyectos cuanto del brazo de su cultura de calle y del espíritu
festivo que la envuelve. Frente al axioma escandinavo de que "un
noruego es feliz cuando no se encuentra a nadie", los cacereños
prefieren la máxima de Clara Malraux, la primera mujer del escritor
francés André Malraux: "La revolución es verse
mucho".
Como
el mar
Estamos, pues, en
Cáceres, una ciudad feliz sin graves preocupaciones colectivas
que conquista cada día sus calles y se siente orgullosa de sí
misma. El emblema de esa autoestima, digámoslo de una vez, es
su casco monumental, que los cacereños llaman la parte antigua.
Se trata de un conjunto de palacios, iglesias y casitas judías
rodeado por una muralla almohade y trufado con restos romanos. Para
los cacereños, su parte antigua es lo que la orilla del mar para
otras ciudades: un lugar tranquilo donde el paseo sosiega y la belleza
te conecta con la intemporalidad y los universales. No hay un monumento
destacable ni una catedral apabullante, lo que importa es el todo: las
fachadas, las plazuelas, las callejas, los rincones... Este conjunto,
levantado fundamentalmente entre los siglos XIV y XVIII Y declarado
Patrimonio de la Humanidad en 1986 por la UNESCO y tercera ciudad monumental
de Europa por el Consejo Internacional de Monumentos y Lugares, es el
orgullo de los cacereños, aunque a la hora de la verdad lo tienen
como un relicario secreto o como aquellas salitas de estar que sólo
se abrían para las visitas: no pasean por sus calles salvo en
un par de señaladas ocasiones religiosas (Semana Santa y la bajada
anual de la Virgen) y lo dejan para los turistas y para mostrárselo
a los amigos que vienen de excursión.
La ciudad vieja
o parte antigua está enclavada en una colina de 459 metros de
altura donde hace más de 2.000 años, entre el 34 y el
36 antes de Cristo, los romanos establecieron una colonia a la que llamaron
Norba Cesarina. Lo más llamativo es que los romanos escogieran
un enclave alejado de ríos caudalosos. Quizás fuera para
vigilar el paso de la Vía Lata o de la Plata, que discurría
por un estrecho paso a los pies de la colonia. El caso es que aquella
elección marcó el futuro de Cáceres, que hoy es
la única capital de provincia española que no tiene río.
La carencia de agua ha marcado históricamente una ciudad donde
el 10% de los nombres de sus calles y plazas tiene resonancias acuáticas
y cuyo monumento más singular es un aljibe que se puede ver en
el museo de Cáceres, una visita interesantísima por su
exposición de vestigios prehistóricos, su sección
etnográfica y su colección de pintura (Picasso, Miró,
Tapies, El Greco). Está situado en lo alto de la ciudad monumental,
donde antiguamente se encontraba el alcázar.
En la parte vieja
se pueden visitar también el pequeño museo sacro de la
concatedral de Santa María, el palacio de Carvajal de la Diputación
Provincial, con un recorrido virtual muy entretenido por la provincia,
y un encantador museo árabe de propiedad privada. Hay, además,
un museo municipal pegado a la muralla, un centro de interpretación
de la ciudad antigua en lo alto de un párking cercano a la Plaza
Mayor, una torre llamada del Bujaco, a la que se puede ascender y dar
después un paseo por lo alto de la muralla, otro museo de la
Diputación, llamado Casa Pedrilla, de historia y cultura, enclavado
extramuros, y dos centros de interpretación situados en barrios
periféricos, que versan sobre la minería en la capital
y en la provincia y sobre las cuevas prehistóricas de Maltravieso.
En el llamado parque del Príncipe se puede pasear por una vaguada
llena de esculturas modernas y a 12 kilómetros de la capital,
el museo Vostell sorprenderá al visitante por su colección
de arte del movimiento 'fluxus' y su situación espectacular:
en un antiguo lavadero de lanas; sobre una charca o lago, entre canchales
o grandes rocas donde anidan las cigüeñas. En proyecto,
otro centro municipal de turismo virtual en la plaza de Santa María
y la guinda: el centro de arte Helga de Alvear, un palacio cercano al
casco medieval y renacentista donde esta galerista depositará
su ingente colección de arte moderno.
Pero a pesar de
los museos y los centros turísticos y artísticos, lo cierto
es que la parte antigua cacereña tiene poca vida y a veces parece
un decorado fantasmagórico del que hubiera huido la población.
Sólo en los últimos años empieza a contar con algunos
atractivos hosteleros como los restaurantes Torre de Sande, con su bellísimo
patio con pavos reales, escenario recreado por el escritor Arturo Pérez-Reverte
en su novela La Reina del Sur, o Chez Manou, un enclave de Montparnasse
en el meollo medieval cacereño. Rebuscando por las callejas del
casco viejo, se pueden encontrar bares y restaurantes donde disfrutar
de unas cañas y unas tapas. Uno de los más antiguos es
la taberna Lancelot, regentado curiosamente por un británico
que enseguida reparó en el atractivo hostelero del casco monumental.
Otro clásico es El Corral de las Cigüeñas, con su
patio y sus conciertos. Después han ido llegando el bar Puerta
de Mérida, el restaurante Puerta de la Estrella y un enclave
singular: el Espacio Aldana, donde se celebran conciertos y exposiciones
entre sofás chéster y decorados singulares, en una atmósfera
desenfadada, moderna, inquieta... Ya un paso, ya fuera del recinto amurallado,
en la calle Pizarro, se suceden los pubs de copas tranquilas.
