Fotografía:
María Galán y Germán Rodríguez-Sedano

 

 

 

 

"Cáceres aspira a ser capital europea de la cultura en 2016 y se anuncia la llegada del
Ave, de dos autovías,
de El Corte Inglés
y de seis hoteles
de lujo
"

 

 

 

 

 

 

"Cáceres es la única
capital de provincia
sin río, el 10% de su callejero tiene
resonancias acuáticas
y su monumento
más singular
es un aljibe"

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2 0 0 6. n º 2 1

Cáceres, la ciudad feliz
José Ramón Alonso de la Torre

Cáceres está llena de proyectos ilusionados y de ciudadanos tranquilos: no abundan los multimillonarios, pero la nómina
mensual parece segura. La ciudad medieval les llena de orgullo
y se entretienen saliendo a la calle para verse y tomar unas cañitas. En primavera, se multiplica la diversión y el resto del año, se apura la vida aceptando sus reglas, sin agobios..

Cáceres tiene una población real de 100.000 habitantes. De ellos, 90.000 están censados y 10.000 son estudiantes que flotan: llegan el lunes y se van el viernes. Ese 10% de estudiantes que van y vienen marca la cotidianeidad de una ciudad cuyo objetivo fundamental parece ser disfrutar de la vida. Pero el resto de la población, aunque no flote ni estudie, también está marcada por el mismo estigma: saborear cada minuto. Para entender Cáceres, es preciso saber que el 60% de la población depende de una u otra manera de un sueldo público y el resto presta servicios a ese 60% y a un turismo cada vez más importante. En Cáceres sólo hay dos industrias que superen los 200 empleados y no existe el temor de grandes tragedias laborales ni quita el sueño el futuro: no abundan los multimillonarios, pero se sabe que nunca faltará el sueldo a final de mes. Dice el escritor extremeño Luis Landero que para ser razonablemente felices, "lo primero es aceptar las reglas de la vida".

Pues así son los cacereños: apuran la vida tal como viene, sin perder la compostura, se conforman, contemplan la existencia sin prisas ni agobios, hacen suya la máxima de Goethe: "La felicidad consiste en limitarse".

Cáceres es una ciudad feliz que combate su condición periférica y desheredada (no tiene Ave, no posee tejido industrial, es la capital de provincia más poblada sin autovía, no tiene aeropuerto) con proyectos y vertiéndose al exterior, saliendo a la calle, pero no para reivindicar, sino para divertirse. Cáceres aspira a ser capital europea de la cultura en 2016, se anuncia la llegada inminente de dos autovías y de El Corte Inglés, se asegura que dentro de cinco años el Ave se detendrá en una nueva estación de ferrocarril, se baraja un incipiente proyecto de pequeño aeropuerto y en diez años se ha pasado de contar con dos hoteles de tres estrellas a tener siete de cuatro y otros seis en ciernes de cuatro y cinco estrellas. Aunque ese estado de felicidad colectiva que el visitante palpa en cuanto llega a Cáceres no viene tanto de la mano de los proyectos cuanto del brazo de su cultura de calle y del espíritu festivo que la envuelve. Frente al axioma escandinavo de que "un noruego es feliz cuando no se encuentra a nadie", los cacereños prefieren la máxima de Clara Malraux, la primera mujer del escritor francés André Malraux: "La revolución es verse mucho".

Como el mar

Estamos, pues, en Cáceres, una ciudad feliz sin graves preocupaciones colectivas que conquista cada día sus calles y se siente orgullosa de sí misma. El emblema de esa autoestima, digámoslo de una vez, es su casco monumental, que los cacereños llaman la parte antigua. Se trata de un conjunto de palacios, iglesias y casitas judías rodeado por una muralla almohade y trufado con restos romanos. Para los cacereños, su parte antigua es lo que la orilla del mar para otras ciudades: un lugar tranquilo donde el paseo sosiega y la belleza te conecta con la intemporalidad y los universales. No hay un monumento destacable ni una catedral apabullante, lo que importa es el todo: las fachadas, las plazuelas, las callejas, los rincones... Este conjunto, levantado fundamentalmente entre los siglos XIV y XVIII Y declarado Patrimonio de la Humanidad en 1986 por la UNESCO y tercera ciudad monumental de Europa por el Consejo Internacional de Monumentos y Lugares, es el orgullo de los cacereños, aunque a la hora de la verdad lo tienen como un relicario secreto o como aquellas salitas de estar que sólo se abrían para las visitas: no pasean por sus calles salvo en un par de señaladas ocasiones religiosas (Semana Santa y la bajada anual de la Virgen) y lo dejan para los turistas y para mostrárselo a los amigos que vienen de excursión.

La ciudad vieja o parte antigua está enclavada en una colina de 459 metros de altura donde hace más de 2.000 años, entre el 34 y el 36 antes de Cristo, los romanos establecieron una colonia a la que llamaron Norba Cesarina. Lo más llamativo es que los romanos escogieran un enclave alejado de ríos caudalosos. Quizás fuera para vigilar el paso de la Vía Lata o de la Plata, que discurría por un estrecho paso a los pies de la colonia. El caso es que aquella elección marcó el futuro de Cáceres, que hoy es la única capital de provincia española que no tiene río. La carencia de agua ha marcado históricamente una ciudad donde el 10% de los nombres de sus calles y plazas tiene resonancias acuáticas y cuyo monumento más singular es un aljibe que se puede ver en el museo de Cáceres, una visita interesantísima por su exposición de vestigios prehistóricos, su sección etnográfica y su colección de pintura (Picasso, Miró, Tapies, El Greco). Está situado en lo alto de la ciudad monumental, donde antiguamente se encontraba el alcázar.

En la parte vieja se pueden visitar también el pequeño museo sacro de la concatedral de Santa María, el palacio de Carvajal de la Diputación Provincial, con un recorrido virtual muy entretenido por la provincia, y un encantador museo árabe de propiedad privada. Hay, además, un museo municipal pegado a la muralla, un centro de interpretación de la ciudad antigua en lo alto de un párking cercano a la Plaza Mayor, una torre llamada del Bujaco, a la que se puede ascender y dar después un paseo por lo alto de la muralla, otro museo de la Diputación, llamado Casa Pedrilla, de historia y cultura, enclavado extramuros, y dos centros de interpretación situados en barrios periféricos, que versan sobre la minería en la capital y en la provincia y sobre las cuevas prehistóricas de Maltravieso. En el llamado parque del Príncipe se puede pasear por una vaguada llena de esculturas modernas y a 12 kilómetros de la capital, el museo Vostell sorprenderá al visitante por su colección de arte del movimiento 'fluxus' y su situación espectacular: en un antiguo lavadero de lanas; sobre una charca o lago, entre canchales o grandes rocas donde anidan las cigüeñas. En proyecto, otro centro municipal de turismo virtual en la plaza de Santa María y la guinda: el centro de arte Helga de Alvear, un palacio cercano al casco medieval y renacentista donde esta galerista depositará su ingente colección de arte moderno.

Pero a pesar de los museos y los centros turísticos y artísticos, lo cierto es que la parte antigua cacereña tiene poca vida y a veces parece un decorado fantasmagórico del que hubiera huido la población. Sólo en los últimos años empieza a contar con algunos atractivos hosteleros como los restaurantes Torre de Sande, con su bellísimo patio con pavos reales, escenario recreado por el escritor Arturo Pérez-Reverte en su novela La Reina del Sur, o Chez Manou, un enclave de Montparnasse en el meollo medieval cacereño. Rebuscando por las callejas del casco viejo, se pueden encontrar bares y restaurantes donde disfrutar de unas cañas y unas tapas. Uno de los más antiguos es la taberna Lancelot, regentado curiosamente por un británico que enseguida reparó en el atractivo hostelero del casco monumental. Otro clásico es El Corral de las Cigüeñas, con su patio y sus conciertos. Después han ido llegando el bar Puerta de Mérida, el restaurante Puerta de la Estrella y un enclave singular: el Espacio Aldana, donde se celebran conciertos y exposiciones entre sofás chéster y decorados singulares, en una atmósfera desenfadada, moderna, inquieta... Ya un paso, ya fuera del recinto amurallado, en la calle Pizarro, se suceden los pubs de copas tranquilas.