Ilustraciones:
Patricia López de San Román

 

 

 

 

 

 

 

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Esteban Maestre

José A. Vázquez del Águila

Cuatro de los personajes de mi colección fue Esteban Maestre. Como los libros de caballería a Don Quijote, el estudio de las ciencias ocultas le hizo perder el seso. Si no hubiese descrito Cervantes al ingenioso hidalgo, yo habría dibujado a Esteban como un hombre "de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro", trasnochado portador de quimeras y fantasmas. Hasta en la edad, no ya en la figura, asemejábase al de la Mancha, pues la suya frisaba en los cuarenta y ocho, cuando le conocí. Era un extraño caballero pasado de moda en nuestro mundo de petróleo, operaciones bursátiles y aviones a reacción. Sabía latín. No quiero significar que fuera inteligente en grado sumo o que sus conocimientos abarcaran extensas áreas del saber humano, sino simplemente que sabía latín, es decir, que si se le antojaba, podía expresarse con la facilidad de César y la elocuencia de Cicerón en la lengua de justiniano. Todavía recuerdo cómo empezaba el cuento de la cigarra cantora y las hormigas laboriosas: "Quadam hieme, cum formici vescebantur granis tritici congestis aestate, pulsavit portam earum cicada...". Vivía solo, entre libros y potingues, con Diuca. Ésta era preciosa, de porte señorial, ojos verdes y metálicos, pelo a tres colores, blanco en la barriga de suave armiño, cuello, patas y hocico, negro en el antifaz que bordeaba sus ojos y en parte del lomo, jugando a manchas con tonos marrones. Diuca, la mimada, la preferida, la de las poses únicas y plateado cascabel, felina por ser gata, rezumaba encantamiento, por parecer humana. Era una bola de pelo suave y limpio, que seguía por todas partes a su amo, igual que un perro, maullando delicadamente, como una señorita que temiera pasar por corralera o vagabunda, si alzara la voz con desentono.

Desde el inicio de nuestra amistad, advertí que Esteban era distinto a cuantas personas había conocido. Nadie como yo ahondó en sus secretos, pues los demás rehusaban, con mal disimulado temor, su compañía, tachándole de visionario y loco de atar. Yo acepté su trato y, con el paso del tiempo, nació entre nosotros un afecto que nos unió como lazo inquebrantable. Conforme fui profundizando en su amistad, tambaleó se mi escepticismo ante la fuerza del sino, la predestinación, la fatalidad o los poderes sobrenaturales, hasta tornarse en convicción juiciosa al descubrir que la vida y la mente humana conservan aún zonas impenetrables e inaccesibles. ¿Cómo, si no, explicar el don de profecía de Esteban, sus visiones y sus prodigiosos poderes? Ni él ni yo éramos expertos en astrología o nigromancia ni entendíamos de valencias o reacciones químicas. Mi razón, a veces, se sublevaba, mas lo cierto era que la mente de Esteban viajaba por el futuro como la mía por recuerdos de mi pasado.

Habitaba Esteban Maestre, no sé si por casualidad, en un humilde ático de una vieja casa de pisos en la calle Saturno. Solía yo acudir, de vez en cuando, a visitarle, pues él apenas salía y jamás osó utilizar el teléfono ni consintió que ese aparato penetrara en su morada. En ésta nunca hubo lugar para un objeto moderno. Todo era anticuado: mobiliario, libros, quinqués, cuadros, legajos, botes y cacharros. Sólo Diuca y él tenían vida. El resto parecía un pequeño cementerio, un fabuloso museo de tiempos pasados. La excepción, sin embargo, la constituía un calendario de 1988 cuando todavía faltaban muchos para llegar a ese año.

Esteban me ayudó, en más de una ocasión, a prever acontecimientos, cuyo anuncio por mi parte dejó estupefactos a mis amigos. Una vez recurrí a sus profundos conocimientos de latín para traducir el texto que un catedrático había dictado. El trabajo debía estar concluido para la siguiente clase y yo no atinaba a descifrar el sentido de una determinada expresión. Ojeó rápidamente el texto y dijo:

- Te has equivocado al copiar. Esta frase resulta incorrecta. Debe construirse así, para que la traducción tenga un significado lógico.

Y anoté el presunto fallo. Sin embargo, ya en clase, comprobé -por haber sido escrito el texto en una gran pizarra del aula- que yo no había errado al copiar. La equivocación, si existía, estaba allí. Pedí al catedrático, en un aparte, que me permitiera hacerle una observación sobre el texto en latín, ya que me parecía haber advertido un "lapsus".

Exponga en voz alta su consulta -manifestó el catedrático. Todos los alumnos me miraron sin pestañear. Señalé el posible error, añadiendo la corrección que Esteban me había facilitado. El catedrático permaneció pensativo unos instantes. Luego recurrió a un libro. Finalmente se dirigió a la pizarra y corrigió el texto, diciendo:
- Es correcta su observación.