"Andar es como ponerle cara a la noticia.
Por las aceras están
los rostros que
después se convierten
en una estadística
"

 

 

 

 

 

 

 

"Hay quien no bebe
jamás una cerveza ni se aproxima a un plato de jamón a cambio de no ponerse lívido de
miedo ante el
sonido del vocablo colesterol
"

 

 

 

2 0 0 7. n º 2 2

Andar la gran ciudad
Fernando Ónega

El médico termina su examen, te mira con cara de dar una prórroga a tu vida y certifica, después del inevitable aviso sobre el tabaco: "Tiene usted que andar más". También lo decía el poeta Machado: "Mientras hay camino adelante, / el caso es andar y andar". Ahora que somos bípedos pegados a un volante, con la espada de los puntos sobre el coche, la palabra mágica es andar.

Es lo que menos hacemos. Lo primero que experimentamos como seres humanos después de mamar y llorar, lo estamos abandonando por una media de tres horas diarias ante el televisor, trabajos sedentarios, atascos interminables. Vamos a comprar el pan en coche. Cogemos un taxi para almorzar en el restaurante de la esquina. Nuestros hijos engordan por las series de televisión, la nintendo y el ordenador. Los únicos lugares don- de estamos obligados a caminar son los centros comerciales, que, en visión de Saramago, han sustituido al ágora y al claustro universitario.

De esta forma, los médicos rece- tan la caminata igual que la aspirina. Tiene éxito de venta ese artilugio llamado podómetro que sirve para medir los pasos. El senderismo se ofrece entre los atractivos turísticos con la misma intención seductora que la gastronomía o las vistas al mar. Se venden cintas de andar que terminan arrinconadas en el desván por falta de uso. Y los juga- dores de golf disimulan su vicio y tranquilizan su conciencia con una fantástica disculpa: "No es que es- té enganchado, practico golf porque me obliga a andar".

El problema de moverse se hace angustioso en la gran ciudad, porque identificamos el caminar con el aire puro, con el bosque o con los senderos a la vera de un río. Vemos ese ejercicio como lo veía el autor del romance: "Por aquellos prados verdes, / ¡qué galana va la niña! / Con su andar siega la hierba...". En la gran ciudad, el verde es el asfalto, por muchos árboles que pongan. La galanura es tener que ir vestido como manda la moda, o temer que ese chico que te pregunta por una calle sea un atracador. Y el "andar que siega la hierba" es el tacón que suena en el asfalto y el cuidado de no pisar un chicle o la mierda de un perro. Andar la ciudad no es un ejercicio físico. Es un acto de prevención.

Y, sin embargo, me voy a contradecir, pero ¡qué hermoso es hacerlo! Andar Madrid, por ejemplo, es descubrir que han sido los coches, y no los árboles, quienes no te han dejado ver el bosque. Los coches te han tapado la ciudad. Al volante, miras los semáforos, las maniobras de los vecinos, la luz de freno... y el reloj, porque nunca llegas a tiempo.

En cambio, el caminante puede descubrir la ciudad y saber que, pese a ser ciudad, tiene encantos. Ve arquitecturas que nunca vio como automovilista. Detecta que hay hermosas casas y perspectivas urbanas en las que nunca se había fijado. Se puede detener en los escaparates y descubrir seducciones en las que nunca había pensado; objetos inútiles que nunca comprará; ropas inmensamente caras y baratijas. Puede ver la gente de frente con sus gestos y sus risas, y no sólo conductores de perfil y nucas de quienes le preceden. Puede hablar a la anciana con dificultades para cruzar la calle y piropear a una dama. Puede mover sus sentimientos con la estampa del vagabundo que duerme en el banco. Y puede, sobre todo, detenerse en la tasca y el bar, entrar y pedir una cerveza que le sabrá a gloria en su camino...

Recorrer a pie una ciudad es, en el fondo, volver a sentirse una persona y dejar de ser una parte del vehículo. ¿Os habéis fijado en las fruterías del centro? Los tomates tienen otro color. Las fresas relucen de otra forma. Las manzanas parecen oler a manzanas. ¿Os habéis fijado en el olor de las calles? Cada calle tiene su olor que la distingue, como las ciudades. Si un día me llevan con los ojos tapados a Lugo, yo sería capaz de descubrir en qué calle me han dejado por su olor, porque la he pisado y respirado de adolescente. Y todo eso lo descubre el viandante y lo añade a su patrimonio cultural. Todo eso pasa desapercibido para el conductor, convertido, como digo, en una parte mecánica de su coche.

Sólo hay un inconveniente que nadie sabe cómo corregir: el aire. La ministra de Sanidad ha conseguido depurar el aire de los centros de trabajo y de los bares con sus medidas contra el tabaco. Pero el aire de las ciudades está envenenado. Otra ministra, la de Medio Ambiente, dijo que 16.000 personas mueren cada año por culpa de la contaminación, que no está demostrado que mate directamente, pero complica las enfermedades respiratorias. Supongo que algún día las calefacciones dejarán de contaminar y los coches dejarán de echar humos indeseables.

Mientras esa soñada fecha llega, yo os invito a tener tiempo para recorrer la ciudad. Una hora al día, tampoco más. Si fuera médico, lo argumentaría con aquello de que "quien mueve las piernas, mueve el corazón". Si fuera restaurador, os lo pediría para que así pudierais disfrutar más la parada de la cerveza, el vino y la tapa, que ensanchan el alma y benefician al cuerpo. Si fuera poeta, os lo aconsejaría, porque hay otra poesía en los portales que descubrimos, en el personaje que espera el semáforo, en el rostro de la joven que todavía te mira. Si fuese historiador, os recomendaría descubrir en cada edificio un pedazo de la memoria colectiva.

Como sólo soy un periodista, os digo que andar la ciudad es como ponerle cara a la noticia. Por las aceras están los rostros que después se convierten en una estadística. Están los quioscos, que parecen ventanas al mundo, al arte, a la actualidad y hasta a los desnudos. Y como, además, soy conformista, me pongo el escudo. El aire está sucio, tenéis razón. A veces es irrespirable, seguís teniendo razón. Pero, como diría el guionista de Con faldas y a lo loco, nada es perfecto...