El médico
termina su examen, te mira con cara de dar una prórroga a tu
vida y certifica, después del inevitable aviso sobre el tabaco:
"Tiene usted que andar más". También lo decía
el poeta Machado: "Mientras hay camino adelante, / el caso es andar
y andar". Ahora que somos bípedos pegados a un volante,
con la espada de los puntos sobre el coche, la palabra mágica
es andar.
Es lo que menos
hacemos. Lo primero que experimentamos como seres humanos después
de mamar y llorar, lo estamos abandonando por una media de tres horas
diarias ante el televisor, trabajos sedentarios, atascos interminables.
Vamos a comprar el pan en coche. Cogemos un taxi para almorzar en el
restaurante de la esquina. Nuestros hijos engordan por las series de
televisión, la nintendo y el ordenador. Los únicos lugares
don- de estamos obligados a caminar son los centros comerciales, que,
en visión de Saramago, han sustituido al ágora y al claustro
universitario.
De esta forma, los
médicos rece- tan la caminata igual que la aspirina. Tiene éxito
de venta ese artilugio llamado podómetro que sirve para medir
los pasos. El senderismo se ofrece entre los atractivos turísticos
con la misma intención seductora que la gastronomía o
las vistas al mar. Se venden cintas de andar que terminan arrinconadas
en el desván por falta de uso. Y los juga- dores de golf disimulan
su vicio y tranquilizan su conciencia con una fantástica disculpa:
"No es que es- té enganchado, practico golf porque me obliga
a andar".
El problema de moverse
se hace angustioso en la gran ciudad, porque identificamos el caminar
con el aire puro, con el bosque o con los senderos a la vera de un río.
Vemos ese ejercicio como lo veía el autor del romance: "Por
aquellos prados verdes, / ¡qué galana va la niña!
/ Con su andar siega la hierba...". En la gran ciudad, el verde
es el asfalto, por muchos árboles que pongan. La galanura es
tener que ir vestido como manda la moda, o temer que ese chico que te
pregunta por una calle sea un atracador. Y el "andar que siega
la hierba" es el tacón que suena en el asfalto y el cuidado
de no pisar un chicle o la mierda de un perro. Andar la ciudad no es
un ejercicio físico. Es un acto de prevención.
Y, sin embargo,
me voy a contradecir, pero ¡qué hermoso es hacerlo! Andar
Madrid, por ejemplo, es descubrir que han sido los coches, y no los
árboles, quienes no te han dejado ver el bosque. Los coches te
han tapado la ciudad. Al volante, miras los semáforos, las maniobras
de los vecinos, la luz de freno... y el reloj, porque nunca llegas a
tiempo.
En cambio, el caminante
puede descubrir la ciudad y saber que, pese a ser ciudad, tiene encantos.
Ve arquitecturas que nunca vio como automovilista. Detecta que hay hermosas
casas y perspectivas urbanas en las que nunca se había fijado.
Se puede detener en los escaparates y descubrir seducciones en las que
nunca había pensado; objetos inútiles que nunca comprará;
ropas inmensamente caras y baratijas. Puede ver la gente de frente con
sus gestos y sus risas, y no sólo conductores de perfil y nucas
de quienes le preceden. Puede hablar a la anciana con dificultades para
cruzar la calle y piropear a una dama. Puede mover sus sentimientos
con la estampa del vagabundo que duerme en el banco. Y puede, sobre
todo, detenerse en la tasca y el bar, entrar y pedir una cerveza que
le sabrá a gloria en su camino...
Recorrer a pie una
ciudad es, en el fondo, volver a sentirse una persona y dejar de ser
una parte del vehículo. ¿Os habéis fijado en las
fruterías del centro? Los tomates tienen otro color. Las fresas
relucen de otra forma. Las manzanas parecen oler a manzanas. ¿Os
habéis fijado en el olor de las calles? Cada calle tiene su olor
que la distingue, como las ciudades. Si un día me llevan con
los ojos tapados a Lugo, yo sería capaz de descubrir en qué
calle me han dejado por su olor, porque la he pisado y respirado de
adolescente. Y todo eso lo descubre el viandante y lo añade a
su patrimonio cultural. Todo eso pasa desapercibido para el conductor,
convertido, como digo, en una parte mecánica de su coche.
Sólo hay
un inconveniente que nadie sabe cómo corregir: el aire. La ministra
de Sanidad ha conseguido depurar el aire de los centros de trabajo y
de los bares con sus medidas contra el tabaco. Pero el aire de las ciudades
está envenenado. Otra ministra, la de Medio Ambiente, dijo que
16.000 personas mueren cada año por culpa de la contaminación,
que no está demostrado que mate directamente, pero complica las
enfermedades respiratorias. Supongo que algún día las
calefacciones dejarán de contaminar y los coches dejarán
de echar humos indeseables.
Mientras esa soñada
fecha llega, yo os invito a tener tiempo para recorrer la ciudad. Una
hora al día, tampoco más. Si fuera médico, lo argumentaría
con aquello de que "quien mueve las piernas, mueve el corazón".
Si fuera restaurador, os lo pediría para que así pudierais
disfrutar más la parada de la cerveza, el vino y la tapa, que
ensanchan el alma y benefician al cuerpo. Si fuera poeta, os lo aconsejaría,
porque hay otra poesía en los portales que descubrimos, en el
personaje que espera el semáforo, en el rostro de la joven que
todavía te mira. Si fuese historiador, os recomendaría
descubrir en cada edificio un pedazo de la memoria colectiva.
Como sólo
soy un periodista, os digo que andar la ciudad es como ponerle cara
a la noticia. Por las aceras están los rostros que después
se convierten en una estadística. Están los quioscos,
que parecen ventanas al mundo, al arte, a la actualidad y hasta a los
desnudos. Y como, además, soy conformista, me pongo el escudo.
El aire está sucio, tenéis razón. A veces es irrespirable,
seguís teniendo razón. Pero, como diría el guionista
de Con faldas y a lo loco, nada es perfecto...