
Fotografías:
Guillermo
Mendo


"El
quinto centenario
de la muerte de Colón se acaba de celebrar en Sevilla con una
magnifica exposición
en el Archivo de
Indias y otra en la Catedral"





"Colón,
que vive
en Santa Maria la Blanca, Francos y las Cuevas,
es el verdadero
inductor del gran
cambio de la Sevilla
del Quinientos"



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Cristóbal
Colón. Un marino sin casa
J. Félix Machuca
Aquel
hombre os sacó del río para propiciar nuestra arribada a
todos los puertos y puertas del mundo americano no tuvo casa propia ni
en Sevilla ni en el Nuevo Mundo. Sin embargo, la muerte se mostró
más generosa con él, concediéndole morada eterna
en Sevilla y en Santo Domingo.
En una vista de Sevilla
impresa en 1585 de Ambrosio Brambilla observamos, justo al lado de la
Puerta de Goles, la Casa de Colón y sus huertas. Este caserío
avanza hasta acercarse al Guadalquivir que discurre a sus pies para engrandecerse,
en la otra banda del río, con la vista del monasterio de las Cuevas.
La dicha casa de Colón se aprecia en el dibujo de Brambilla con
suficiente jerarquía como para adivinarla hermosa y amplia. Si
la observáramos desde los altos del antiguo castillo de la Inquisición,
donde hoy se alza la plaza de abastos de Triana, nos toparíamos
con un edificio notable abrigado por un hermoso jardín, donde convivieron
especies autóctonas y otras traídas del Nuevo Mundo. Tal
es la casa de Colón que Brambilla ve, observa y dibuja en su Vista
General de Sevilla desde Triana en 1585. Lamentablemente Colón
jamás pisó aquella magnífica casa.
Cristóbal Colón
murió mucho antes. Concretamente en 1506, cuya efeméride
(el quinto centenario de su muerte) se acaba de celebrar en Sevilla con
una magnífica exposición en el Archivo de Indias y otra
en la Catedral. Pero de alguna forma, para la ciudad, en el imaginario
americano de Sevilla, aquel magnífico conjunto de casas levantado
extramuros de la Puerta de Goles es la Casa de Colón. Para el propio
Brambilla lo era en el citado año y también para la ciudad
puesto que así se lee en su Vista General de la ciudad hispalense.
Es cierta la vinculación de aquellas casas con la saga colombina.
Pero ajena absolutamente al Virrey de Indias. En realidad las edificaciones
referidas constituían el magnífico palacio renacentista
que se hace construir don Hernando Colón para residir en Sevilla.
De aquel esplendor clásico queda, quizás, un brumoso recuerdo
sobre el espacio que ocupa el actual edificio de San Laureano, antiguo
convento del mismo nombre.
¿Dónde,
pues, vivió Colón en la ciudad hispalense? ¿Llegó
a tener casa propia en Sevilla? ¿Dónde se aloja durante
el tiempo en que la empresa descubridora y posteriores viajes le obligan
a residir en nuestra ciudad? ¿En el monasterio de Las Cuevas, el
mismo que Brambilla dibuja, en forzada perspectiva, frente a la exuberante
y exótica huerta americana de la casa de Colón? Muchos investigadores
americanistas han decidido que sí. Que fue la antigua Cartuja parada
y fonda del marinero genovés en Sevilla. La presencia en el monasterio
de fray Gorricio, con quien el almirante de la mar océana traba
y prolonga amistad de lejanas complicidades, lo respaldaría casi
de forma taxativa. Pero a tal hipótesis le salen adversarios. Una
colombina tan acreditada como Consuelo Varela asegura que Colón
"desde 1493 a 1498 debió residir en la casa que los reyes
habían concedido a su cuñada Briolanja en la collación
de Santa María la Blanca y desde 1498 en la calle Francos, adonde
se había trasladado, y donde se instalaron Diego y Hernando, tras
el fallecimiento de la Reina Católica".
Así pues el callejero colombino sevillano se amplía, con
la justa precisión que aportan los investigadores, a una geografía
puramente urbana, intramuros de una Sevilla que casi siempre ubicó
el techo del genovés al otro lado del río, en Las Cuevas.
¿Variaría en algo esta precisión la imagen del marino
que tenemos hasta ahora? En absoluto. Pero sí aportaría
elementos suficientes como para echar a volar la imaginación e
invitar al descubridor a caminar por la ciudad y ver por sus ojos, por
sus sueños, por sus prevenciones, una Sevilla que, por siempre,
forma parte del paisaje humano del marinero que, sin saberlo, le abrió
la llave del futuro más apasionante que jamás tuvo la ciudad.
La llave de las puertas americanas. Las llaves de un nuevo mundo que iba
a entrar por el río para desbordarse por la ciudad y ahogarla en
riquezas y en mitos delirantes hasta elevarla a la cima de lo que fue
y nunca jamás tuvo energías para intentar, siquiera, igualar
o acercarse.
Colón
nos muestra su Sevilla
Es verdad que la imaginación
es arma de precisión que necesita siempre el periodismo pero que
desmotiva, en cambio, la puntería de la ciencia. No obstante tratamos
de hacer periodismo sobre base científica y en ese territorio mucho
menos exigente no es absolutamente descerebrado invitar a Colón
a que nos enseñe la Sevilla que ve durante su estancia entre nosotros.
Viviendo en Francos o en Santa María la Blanca (tan cerca y encima
del barrio hebreo) el genovés nos muestra una ciudad donde la impronta
islámica de su urbanismo es aún evidente. Es verdad que,
pese al predominio del encanto mudéjar, en el corazón de
la ciudad, allá donde Roma pudo elevar el Foro de las Corporaciones
y los almohades levantaron su gran aljama a base de ladrillo, hermosa
yesería y madera, los sevillanos acaban de erigir la montaña
de piedra, como siglos después describiría Joaquín
Sierra a la Catedral. La fase gótica de la montaña sagrada
está finalizada. Y Mercadante de Bretaña, Pedro Millán
y los canteros que dejan sus firmas en las piedras más nobles de
la soberbia catedralicia están terminando o han terminado sus trabajos.
Envidia,
ingratitud y olvido
Quince
cartas privadas y una minuta dirigida, probablemente, al Consejo Real
forman el corpus documental colombino archivado en el General de Indias.
Estos documentos fueron redactados por Cristóbal Colón en
los últimos años de su vida y no sería exagerado,
pues, verlo como una especie de diario privado donde refleja sus temores,
los reveses emocionales que le ocasiona la salud tan quebrada que padece,
así como la baja intensidad de su autoestima, torpedeada por lo
que Colón considera el olvido de quienes debían tratarlo
de otra forma. En fin, se trata de una serie de documentos trufados no
sólo de datos relevantes para el investigador, sino también,
quizás, para el estudioso que se sienta estimulado por saber cómo
sufre el alma de los grandes hombres que hacen la Historia.
Con motivo del Quinto Centenario de la muerte de Cristóbal Colón,
un magnífico catálogo titulado Colón en Andalucía.
1492-1505 rastrea con evidente acierto las huellas del Virrey de Indias
por la Andalucía de aquel tiempo. Un artículo de Isabel
Simó, directora del. Archivo General de Indias, explica con exactitud
y claridad el carácter privado de estas cartas autógrafas
de Colón. Dice Isabel Simó que "al ser cartas privadas
se reflejan en ellas la sencillez, naturalidad y sinceridad" del
autor. Son casi confesiones al amigo o al hijo que te conmueven por la
desnudez de artificios.
Sostiene
Simó que "parece claro que Colón tenía auténticas
dotes para el uso del género epistolar y que a tenor de las que
se han conservado, tanto en el Archivo de Indias, en la Casa de Alba y
en otras instituciones en menor medida, probablemente debió de
escribir más". Con las que tenemos nos sobra y nos basta para
entender bien cómo los sentimientos autógrafos de Colón
son los de un hombre al final de la carrera de su vida, descubriendo quizás
la peor tierra de todas: la de la envidia, la ingratitud y el olvido.

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